Todos los días, especialmente en la mañana y en la tarde, nos enfrentamos al tranque nuestro de cada día. Los tranques son desesperantes, angustiosos momentos en los cuales el tiempo pasa inexorablemente mientras estamos detenidos, incapaces de movernos en cualquier dirección. El infierno debe ser parecido a un inmenso tranque, en donde los carros, defensa contra defensa, luchan egoístamente por los pocos centímetros de espacio que se pueden recorrer, mientras que los buses y camiones, con su eterna imprudencia se encargan de meterle miedo a los condenados.
Dentro de esa miseria horripilante de todos los días, de ese caos en que se ha convertido transitar en la ciudad, literalmente preso y solo en mi auto, me abandono a la reflexión angustiosa de mi periplo diario. Pienso muchas cosas pues tengo mucho tiempo para pensar: desde las afueras hasta la Avenida Justo Arosemena y viceversa, de 5:30 a 8:00 y de 4:00 a 6:30 cuando tengo suerte y no me atoro en el corredor Sur, hay mucho tiempo para rumiar la rabia indecible y el sentimiento de impotencia infinita que me aflige.
Sufro, luego pienso. Observo y pienso en que los semáforos inteligentes son todo, menos inteligentes. Una luz está en verde mientras los autos que deben girar a la izquierda no lo hacen porque la luz, que está antes, está en rojo. Luego, cuando la luz se pone verde, los autos no puedan avanzar porque un auto, de los que debían doblar a la izquierda antes, está detenido en luz roja. Observo y deduzco que los benditos semáforos no tienen ni sensores de presión en el pavimento ni sensores ópticos, pues se toman el mismo tiempo indistintamente del flujo del tráfico que pretenden regular.
Por otro lado, no hay semáforo en el mundo que puede regular a los conductores panameños. La colección de faltas en el manejo son impresionantes. Desde quienes manejan por los hombros de las calles, los que se detienen a media calle, los que conducen desordenadamente cruzando irresponsablemente de carriles, los que manejan a alta velocidad con parlantes emitiendo un ruido infernal, los que van muy lentos, los que tiran los carros agresivamente, los autos chatarra que hacen inseguras las vías, los que conducen por la vía contraria, los que giran en “U” donde les da la gana, los que no se detienen en las luces rojas y aceleran en las amarillas, los que se estacionan donde les parece hasta los que chocan y no tienen seguros o se dan a la fuga.
¿Cómo podemos afrontar este problema? ¿Cómo podemos hacer para que conducir sea un placer seguro? La repuesta es educar a la población sobre la responsabilidad y el privilegio que representa conducir y, de paso, es necesario desalentar las conductas irresponsables y el “juega vivo” que como un cáncer corroe las calles y avenidas de la ciudad. La educación vial debe comprender un cambio de actitud. Para ello, se requiere una observación científica de la conducta de las personas al volante, una evaluación a conciencia del flujo vehicular determinando las áreas críticas de la ciudad y previendo los atajos y subterfugios que usan los conductores para evadir su responsabilidad de manejar correctamente y desalentar la manía del “shortcutismo”.