Deportes

El Tres de Noviembre

Nota del Editor: Buscando información histórica encontré entre mis viejos libros una revista Tareas que reproduce varios artículos de don Diógenes de la Rosa, ese panameño preclaro que por más de 50 años expresó interpretaciones puntuales sobre la historia nacional. Entre esos escritos figura el que, por partes, reproducimos a continuación, publicado en octubre de 1930 y leído ante el Consejo Municipal de Panamá el e de noviembre de mil novecientos treinta.


PARA MI ha sido encargo difícil el de dirigiros la palabra en este acto conmemorativo del 3 de noviembre de 1903.* La afirmación no es una vacía figura de retórica ni es una frase hecha de las que pueblan todos los discursos de circunstancias. Responde, por el contrario, a una realidad actual en mi mente. Encuentro tarea henchida de responsabilidad en hablar a un conjunto de personas que se han reunido precisamente para oír lo que se les dice. De aquí mi renuncia a disertar en publico en la mayoría de las ocasiones en que se me ha hecho la petición o la oferta de ello. No siempre se tiene en el cerebro un pensamiento que articular, una verdad que proclamar, o un concepto que postular. Por eso hablar en público, es, para mi, uno de los actos mas empeñosos que la vida social reclama. Mas en este caso porque el tema que se acerca a mi examen es la vez grave e incitante. La fecha que hoy revivimos tiene un valor simbólico para todos nosotros. Y de ahí la gravedad que lleva adscrita. Porque ningún símbolo vale por su exterioridad sino por la suma de pasión, de drama, de vida que encierra. Del mismo modo que ningún signo representa nada para el espíritu si no le agita y vitaliza un significado. Tal ausencia de valor va subvirtiendo, en mi opinión, el sentido de la fecha que conmemoramos. Como ocurre con todos los hechos históricos cuando se dejen abandonados a la fantasía trashumante de los versificadores, cuando se convierten en tópico para los pa-negiristas indocumentados, la historia del 3 de noviembre va quedando sepultada bajo la hojarasca de una fraseología mentirosa y obstaculización. La historia va siendo sustituida al minto. Muy pocos, entre nosotros, se han ocupado en reunir, comparar e interpretar los hechos que comprende el movimiento de 1903. Quizás haya en esto un poco de negligencia y mucho de temor reverencial. La primera se explica en un medio como el nuestro donde la dedicación al estudio no constituye el coeficiente de la vida colectiva.
Pero lo segundo no puede admitirse ni excusarse. No hay nada en la historia que no pueda decidirse y nada en la del 3 de noviembre que deba perderse, soslayarse o silenciarse. Lo que yo me propongo en este trabajo es, ante todo, delinear un esquema histórico de los hechos que desenlazaron una nueva etapa en la vida del Istmo y en sus relaciones internacionales en cuanto las afecta la política exterior de los Estados Unidos. Mi intento, por disfortuna, quedara ceñido a una doble limitación. La primera es lo incompleto y fragmentario de mi repertorio documental. Pesar de haber adjudicado a la explotación de este podido llegar todavía un promontorio que me permita aprehenderlo de una sola mirada. Creo estar bien orientado y sobre el camino que concluye en la cumbre vislumbra. Pero aún me falta mucho techo por vencer. La segunda limitación la imponen las circunstancias. Se trata de un discurso y no de una conferencia. No sería, pues, apropiado que yo obligarse vuestra atención durante un tiempo excesivo. Por todo ello no podré hacer mas que un fugaz vuelo sobre este panorama histórico. Vosotros sabréis cegar las lagunas que encontréis con mi disertación y apuntar los datos y las fechas de las cuales me vea obligado a prescindir o que cite con demasiada sumariedad.
DOS AFIRMACIONES prejuzgan el concepto y la interpretación del movimiento del 1903. La luna, que denominaríamos colombiana, describe la secesión de Panamá como obra exclusiva del oro saxoamericano que compro a todos los istmeños a la manera de un enorme lote de esclavos. Es la idea que domina y dirige el libro "La Feria del Crimen" de Alexander S. Bacon. La otra, que diríamos panameña o patriótica, es la que presenta este hecho como resultado también exclusivo del sentimiento nacionalista del pueblo panameño que en un instante de indignación se alzó, con raro unanimismo, para forjar una corporeidad política propia y autónoma. Este es el concepto que motiva los relatos y escritos que todos los años, en esta ocasión, leemos en numerosas publicaciones. Es necesario decir que ambos criterios están descalificados por unilaterales y exagerados. La verdad historia dice otra cosa.
PABLO AROSEMENA refiere la secesión de Panamá a estas causas: la geografía, el régimen de "la regeneración" y la conducta de los jefes militares colombianos en la guerra civil que soporto el Istmo de 1899 a 1902 y el rechazo del tratado Herrán-Hay por el Senado de Colombia. Yo prefiero resumir esas causas en dos factores ya añadirle uno más que es, precisamente, el que alejan, con temor y vergüenza existentes, todos los que escriben sobre este tema. Tres factores convirtieron a producir la secesión de Panamá. Uno es lo que don Pablo nombra precisamente: la geografía. Otros de los males, las dificultades, los tropiezos que constituyeron la historia del istmo durante su adhesión política a Colombia.. El último: la expansión del poder de Estados Unidos hacia el Sur y hacia el Pacifico. Muy sucintamente examinaré los dos primeros porque han sido discutidos in extenso por un gran número e escritores panameños. Sólo el último atraerá bastante mi atención.
SERA SIEMPRE el estudio más penetrante, nutrido y amplio sobre la cuestión nacional panameña el que publico el doctor Justo Arosemena en 1855 bajo el titulo de "El estado soberano de Panamá". Los artículos de Ramón M. Valdés y Pablo Arosemena en defensa del movimiento de 1903 y la carta del General Tomás Herrera al presidente Alcántara Herrán en justificación del pronunciamiento de 1840, aportan datos valiosos al asunto. Pero el estudio de Justo Arosemena toma la cuestión desde su origen y la focaliza certeramente desde el punto de vista de la geografía de la historia, y de las necesidades vitales del Istmo, Parece ser una verdad histórica, dice el autor de los "Estudios Constitucionales" que la población del Istmo formó siempre una unidad aparte aun desde las borrosas épocas precolombinas. Al menos se puede conjeturar que si enlazaba de algún modo con cualquier otro sistema étnico, carecía de ligámenes con los que residían al sudeste de este brazo genealógico. Y esto era así por obra del medio físico. El Istmo de Panamá, según los geógrafos, no tiene parentesco inmediato con la cuña contradictoria y dramática que forma la América del Sur. Su espinazo orográfico no entronca, como asegura una información errónea, con el macizo arrogante de los Andes. No parece ser, ni siquiera, la degeneración de aquella cordillera tempestuosa e inescalable. Es una serie de colinas tímidas que apenas ponen una variante sinuosa sobre el plano uniforme de las tierras bajas. Una mancha de bosque indomable interpónese entre el Istmo y el hombro de las América del Sur que parece sustentarlo. Justo Arosemena, dice al respecto: "Tal es nuestro aislamiento, que toda suposición es igualmente natural y si una gran catástrofe de globo, sepultase al Istmo en el océano, y franquease así la navegación de norte a sur, el hecho, no sería notorio en Cartagena y el Chocó, sino cuando los marinos viesen sorprendidos que sus cartas hidrográficas no correspondían con la nueva configuración de las costas. Hoy mismo cuando los volcanes de Centro América sacuden fuertemente la tierra, la conmoción se hace sentir en todas las provincias istmeñas, pero rara vez atraviesa los ríos y las montañas que nos separan de las demás que siguen hacia el oriente. La naturaleza dice que allí comienza otro país, otro pueblo, otra entidad y la política no debe contrariar sus poderosas y inescrútales manifestaciones. La conquista y la colonización se sujetaron casi siempre a ese hecho geográfico. El eminente panameño que vengo glosando declara: "La colonia española que en tiempo de Nicuesa se llamó Castilla de Oro, que mas tarde se conoció por el nombre de Darién, y que en nuestros días se denomina generalmente Istmo de Panamá, no se gobernó siempre con estrecha dependencia del Nuevo Reino de Granada. Su situación aislaba y el haber sido la primera colonia del continente, hicieron que continuara gobernándose por mucho tiempo con sujeción directa a la metrópoli. Muy gradualmente se convirtió en provincia del Nuevo Reino, y acaso no sería aventurado sostener que hasta 1805 no fue cuando en realidad se le incorporó, por la real cédula que fijo los limites occidentales del Virreinato en el Cabo Gracias a Dios". La decisión de los emancipadores de 1821 al incorporar el Istmo al conjunto colombiano contradijo lo que decretaba la geografía y rarificaba la historia. "No comunicándonos por tierras con las provincias granadinas limítrofes, y sí con nuestros vecinos de Occidente, ¿parecería más racional que el Istmo hiciese parte de Nueva Granada que de Centro América o que fuese tan independiente como cualquier otra de las actuales naciones de la América Española? Tal interrogante lo plantea el mismo autor.¿Qué razones, ene efecto, condujeron a los hombre de 1821 a ligarse políticamente a Colombia? Actuaba, sin duda, en su espíritu la imperiosa fascinación que sobre aquella época romántica obrara la figura de Bolívar. Ningún testimonio mejor de las admiración que en ellos encendía que unirse a la nación que el Libertador arrancaba del coloniaje peninsular. Pero aquel motivo sentimental era, con todo, menos poderoso que la razón política. Aquellos hombres intuían, seguramente, el significado de la fatalidad geográfica que desde en entonces iba a empujar como una fuerza ciega el proceso de esta parcela de la humanidad. Mientras España domino la mayor porción del continente apenas se dibujaba sobre el panorama histórico el rol dramático de nuestra posición terrestre. Carecía de expresión peculiar en el vasto fenómeno del feudalismo español hincado en América. Pero el quebrarse la unidad política del coloniaje en una pluralidad de nacionalidades débiles surgió como una revelación desconcertante el peligro que para nosotros significaba el hecho de ser el paso más fácil del continente.
Nuestras esperanzas y nuestros temores residían en una misma cosa. El Istmo no podría asegurar su independencia sino adscribiéndose a unas de las naciones más fuetees entre las que habían emergido del sistema colonial hispánico. Entre México y Colombia la razón de proximidad inclino a los hombres de 1821 por la última. Desde luego esperaban de aquella unión todas las bondades posibles.
LA ESPERANZA fue ilusionaría. Las ocho décadas de estancia del régimen colombiano fueron para el Istmo una serie de desastres. ¿He de reeditar la requisitoria incandescente contra la administración colombiana que es ya un lugar común de nuestra literatura histórica? NO es preciso. Sin embargo, no es inoportuno reproducir aquí el resumen que el doctor Santander A. Calofre hizo de aquel periodo en un artículo bastante conocido: "Cuando el Istmo en 1821 selló su independencia y se incorporo espontáneamente a Colombia, abrigaba sin duda la convicción de que nosotros no anularíamos sus derechos y su libertad como pueblo, y que respetaríamos siempre la integridad de su gobierno propio. Si faltábamos o no a la confianza que los istmeños depositaron en el país, que lo diga nuestra historia en los últimos veinte años y la obra de inequidad y despojo realizada en Panamá en el mismo lapso. De dueños y señores del territorio (los panameños) los convertimos en parias del suelo nativo. Brusca e inesperadamente les arrebatamos sus derechos y suprimimos todas sus libertades. Los despojamos de la facultad más preciosa de un pueblo libre: la de elegir sus mandatarios, sus legisladores, sus jueces. Restringimos para ellos el sufragio: falsificamos el cómputo de los votos, e hicimos prevalecer sobre la voluntad popular de una soldadesca mercenaria y la de un tren de empleados ajenos por completo a los intereses del Departamento. Les quitamos el derecho de legislar, y como compensación, les pusimos bajo el yugo de hierro de leyes de excepciones. Estado provincias y municipios perdieron por completo la autonomía que antes disfrutaban. En las ciudades verdaderamente cosmopolitas del Istmo no fundamos escuelas nacionales donde aprendieran los niños nuestras religión, nuestro idioma, nuestra historia, y a amar a la patria. A la faz del mundo castigamos con la prisión, el destierro, la multa y el látigo, a sus escritores por la expresión inocente del pensamiento. Desde diciembre de 1884 hasta octubre de 1903, presidentes, gobernadores, oficiales y soldados , jefes e inspectores y ayudantes de policía, la policía misma, capitanes y médicos de puertos, magistrados, jueces de categorías diversas, fiscales, todo bajaba de las altiplanicies andinas o de otras regiones de la República para imponer en el Istmo la voluntad, la Ley o el capricho del más fuerte, `para traficar con la justicia o especular con el tesoro y aquel tren de empleados, semejantes a un pulpo de múltiples tentáculos, chupaba el sudor y la sangre de un pueblo oprimido y devoraba lo que en definitiva sólo los panameños tenían derecho a devorar. Hicimos del Istmo una verdadera intendencia Militar. Cuando aquel pueblo de trescientos cincuenta mil almas tenían hombres de reputación continental como Justo Arosemena, notabilidades de primer orden y de popularidad casi irresistibles como Pablo Arosemena y Gil Colunje, talentos e ilustraciones como Ardila, insignes diplomáticos como Hurtado y celebridades científicas de notoriedad europea, como Sosa, los dejamos a un lado, los relegamos al olvido, en lugar de llevaros al solio del Istmo para calmar la sed infinita de equidad y justicia y satisfacer las aspiraciones legitimas de todos los panameños. Semejante proceder hirió el orgullo, la dignidad y el patriotismo de todos los hombres esclarecidos del Istmo y fomentó y provocó el odio y la cólera de la masa popular. El resultado de todos estos errores lo estamos hoy palpando. Los últimos veinte años son para los panameños demasiado amargos y crueles, y ellos no querrán en lo sucesivo ser colombianos si han de continuar viviendo bajo el régimen que no les permite ser ciudadanos en su propio territorio." Esta viva y exalta descripción vine de un colombiano y debe aceptarse como un testimonio imparcial.


fecha edicion
old id
197359
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América