Muy pocos eventos de la historia de nuestro Panamá nos hablan de valor y del coraje de esos seres cotidianos que suelen, presionados por las circunstancias, hacer cosas extraordinarias. Usted que lee tendrá sus episodios nacionales que remembrará o sus momentos personales en que hubo de realizar alguna hazaña que sin duda vale la pena conservar para la memoria.
Los que tenemos cincuenta o más de seguro no hemos olvidado las glorias que se han logrado en el deporte, por ejemplo. ¿Alguien recuerda los setentas? La mejor década de la vida de algunos. Y es que en las pocas disciplinas que se practicaban, las individuales y por equipo, esos muchachos hicieron brillar la soberana del Cerro Ancón.
Uno de esos muchachos, entonces, gloria nacional hoy, es Roberto Durán. Quizás el mejor ejemplo de un hombre que sale a la calle y con disciplina, sacrificio y esfuerzo logra sus metas. Nada que decir de aquellas memorables noches de combate en que nos hizo llorar de puro orgullo y alegrarnos hasta la sal. Y qué decir de sus derrotas, momentos en que decepcionados, error de fanático, lo dejamos solo. ¡Dime que no!
Cada panameño, por lo menos el citadino, tiene alguna anécdota que contar de Roberto. Todos cuentan la suya con la alegría de estar comentando sobre alguien queridísimo que merece la exaltación por encima de cualquier predisposición. Cuando Durán ganaba, ganaba Panamá, y en sus puños íbamos todos, como la película de Pituka Ortega (Los puños de una nación).
Durán le enseñó a Panamá a ser vencedora, y así crecimos; a levantarnos cada vez que tocamos la lona y seguir la pelea de la vida. Nos enseñó coraje, dignidad; a sobreponerse a la adversidad y, como dice Chaplin, a seguir sonriendo.
Sus palabras simples, su lenguaje pedestre que todos celebramos y que siempre nos hablan de ser buenos, de echar pa’lante, de atrevernos, le salen de sus “merengues” y nos conmueven o nos estimulan según sea el caso.
Qué bueno que ahora su pelea sea ser símbolo, icono del panameño heroico que se atrevió a ir en contra de los oráculos o los pronósticos, que sería más adecuado, y al final estaba ahí de pie, con su bandera en el pecho y sus lágrimas orgullosas porque lo que hizo entonces lo hacía para su patria. Que es la manera como se deben hacer las cosas.