Me duele el corazón
No es cierto que Irving Saladino y Alonso Edward estén huérfanos de apoyo, como algunos despistados pregonan en las redes sociales. Ambos reciben sumas superiores a los 5 mil dólares mensuales, a pesar de ser atletas profesionales.
No es cierto que los atletas son las personas más sacrificadas. Todos (atletas, periodistas, trabajadores de la construcción, etc.) nos sometemos a sacrificios diarios que, en ocasiones, son superiores a los del atleta, simplemente que hay quienes sufrimos en el anonimato. La vida es eso, un sacrificio.
No es cierto que nuestros atletas no han fracasado. Si no hay fracaso, entonces hay que aplaudir a los dirigentes. En la vida todos nos trazamos objetivos, y muchas veces se fracasa en el intento de alcanzarlos. Pero, ojo, lo bonito del fracaso es que nos invita a reflexionar y a optar por nuevas estrategias. Ojalá Edward y Saladino lo entiendan. El arte está en saber recuperarse no en negarlo.
No es cierto que la culpa de lo mal que nos está yendo en Londres es exclusiva del atleta. Los dirigentes olímpicos --una sarta de incapaces-- tienen la mayor parte de responsabilidad en este desastre al inscribir atletas que estaban muy por debajo del nivel competitivo, y que ahora hacen turismo, como el nadador Diego Castillo y el yudoca Omar Simmonds.
He hecho un alto en mis vacaciones porque no soporto más disparates. He sufrido estas derrotas hasta quedar al borde de las lágrimas, pero hay que dejarse de eufemismos y llamar las cosas por su nombre: hemos fracasado.