El odio visceral que durante años han destilado muchas personas hacia Hugo Chávez parece que se disipó de la noche a la mañana.
Después de que se conociera de la recaída del mandatario en su padecimiento de cáncer y de la intervención quirúrgica a la que se le sometió, llamó la atención que los votos por la salud del discutido líder, incluyendo a muchos de sus más acérrimos enemigos, se han incrementado en medio de todos los círculos políticos y de comunicación del mundo.
Curiosamente, estamos ante la presencia de un gesto raro, cuando la solidaridad y los buenos deseos hacia quien sufre algún padecimiento debieran ser lo común y no la rareza.
La situación por la que atraviesa Hugo Chávez no es más que una forma de hacerle ver que no es el superhombre que se creía ni mucho menos es imbatible. Pero, sobre todo, es un aldabonazo a la conciencia de quienes, al sentirse impotentes para revertir una situación política que le es adversa, apelan a los malos deseos y a súplicas incoherentes para sacar del camino al enemigo de turno.
Legalmente Hugo Chávez debe asumir el tercer periodo como mandatario de Venezuela el 10 de enero. En círculos oficiales, a pesar de que reconocen que su recuperación será “compleja y dura”, esperan que al menos pueda estar en condiciones para recibir, formalmente, el nuevo mandato.
Hay un ejemplo muy conocido que ha sobrevivido a las malquerencias de sus adversarios y, pasado medio siglo, se mantiene en pie e influyendo en la opinión pública a pesar de los pesares.
Así que lo recomendable es dejar que todo siga su curso normal y que sea la divina providencia la que decida, cuando le corresponda hacerlo, porque independientemente de las diferencias de criterio que tengamos y de los sentimientos negativos que nos provoque cualquier individuo, desearle el mal no es sano.
La humanidad ha errado tantas veces en predecir el fin del mundo que ya resulta un desgaste querer ponerle alas a un vuelo que todos tendremos que hacer tarde o temprano.