Cuentan que cuando querían domesticar a un elefantito, los cuidadores le ataban a una de sus patitas una pesada cadena, con un grillete de hierro y un anclaje profundamente clavado en la tierra. El elefantito lloraba y luchaba. Tiraba de su pata hasta hacerse daño. Levantaba su trompa al cielo y barritaba impotente, hasta que un buen día se resignaba y reconocía su destino. Cuando el elefantito ya era una mole inmensa, con fuerza para levantar con su trompa, sin esfuerzo, enormes troncos, bastaba con sujetarle a una de sus patas una simple soga de cáñamo, atada a cualquier elemento nimio, para que el elefante se quedara allí, sin hacer el más mínimo intento por liberarse.
Hace unos días vi en alguna red social una foto relacionada con esto: un caballo con el ronzal atado a una simple silla de plástico, de esas de piscina. Con la cabeza gacha, y clavado en el sitio.
¿Adónde quiero llegar? Pues a que, muchas veces, nuestras ataduras son irreales. Apenas hilos tenues que nos anclan a una ilusión. Somos marionetas a las que han hecho creer en su destino. Estamos mejor bajo la égida del dictador. El Buen Padre. El Padre Justo. El que sabe qué es lo mejor para sus hijos. Es mucho más sencillo no pensar, no cuestionar. Dejarnos atar a una soga de cáñamo y que la sujeten a una silla de plástico, saber que nos pondrán cebada todos los días y que todos los días nos dirán qué troncos debemos levantar y cuáles no.
Qué fácil y sencilla es la esclavitud, qué paradisíaco el estadio en el que no sabemos la diferencia entre el bien y el mal, sino que nos dedicamos a hacer solo aquello que alguien más nos dice.
Y entonces nos enseñan la puerta a la libertad y nos ofrecen traspasarla, hemos de pensar por nosotros mismos, hemos de caminar solos, no habrá más sogas que nos den seguridad, ni paja todas las noches en el pesebre. Y nos sentimos petrificados de miedo.
La democracia se basa en decisiones. Equivocadas o no. Hay que elegir. Tú decides, éste, aquel o ninguno. Te mojas o te abstienes. Metes la patita, la sacudes y pruebas de nuevo. La decisión no siempre será correcta. Sorpresas te dará la vida y te sentirás defraudado (y defraudada, no empiecen…) El problema empieza cuando un pueblo ha perdido la capacidad de elegir. La demagogia y el populismo son la soga atada a la silla de playa. El populacho está convencido de que así está bien, de que luchar no sirve de nada y de que están en el mejor lugar posible. De nada sirve que les muestres el campo libre al final de la mísera cuerda, que les digas que la yerba fresca del prado siempre es mejor que la paja seca en un pesebre. Que es preferible enfrentarse a los lobos que bajar la testuz frente a un látigo. El miedo es demasiado grande. El ser humano siempre pensará que es mejor malo conocido que bueno por conocer. Los héroes no pueden salvar un país. Un país solo se salva si todos sueltan a la vez las patas de la soga y reman para el mismo lado.
Mientras eso no pase, mientras sigan apareciendo mesías redentores que, a base de falsas promesas, sujeten a los pueblos a las patas de las sillas seguiremos como vamos. Mientras que no aprendamos a votar con coherencia seguiremos teniendo por presidentes a iluminados.
P.S: y conste que la semana pasada lo advertí, el pajarito era real. Lo bendijo. Ahí lo tienen.