Guanajuato es una ciudad misteriosa. Atrapada en una montaña de roca pura, esconde doce insólitos túneles que se usaban para librar a la ciudad de las múltiples inundaciones en otra época. Hoy son usados como viaductos por los vehículos que visitan el lugar.
Es una telaraña de 8 kilómetros de piedra que permite cruzar esta histórica población, considerada por la ONU patrimonio histórico de la humanidad. El primer túnel se construyó en 1822 y terminaron de hacer los otros casi un siglo después.
En Guanajuato todo es antiguo, colonial. De estrechas y sinuosas callejuelas de piedra, semejante acaso al Casco Viejo panameño, con la elemental diferencia de que en Guanajuato siguen intactos los edificios, los puentes, las iglesias, cada roca, y sobre ellas escrita la información exhaustiva para quien busque saber.
Es en este escenario de leyenda (cuatro horas en bus desde el D.F. por la autopista a Querétaro) donde se realiza el Festival Internacional Cervantino, que este año llega a su trigésima sexta versión.
Es un encuentro de artistas para conmemorar la herencia cultural que nos dejó a los iberoamericanos el padre del idioma español, Miguel de Cervantes Saavedra.
Son 36 años de montajes teatrales, ópera, ballet, conferencias magistrales, música de cámara y contemporánea, danza folclórica, recitales poéticos…
Vienen invitados de todas partes del mundo. Este año, por ejemplo, se presenta un grupo de danzas folclóricas del estado de Rajasthan, India, lo mismo que grupos de música contemporánea de Alemania, Holanda y Lituania.
Cataluña aparece como "invitado de honor", y de esta región de España llegaron teatristas y bailarines.
Serrat .
Por aragonés, por español (igual que Cervantes) y por poeta. Son tres razones de peso. Además que lo aman en Guanajuato. Por eso Joan Manuel Serrat fue el artista invitado para inaugurar el festival.
Cantó a la vieja usanza, sin orquesta ni pista, acompañado apenas por el piano de cola del genial Ricard Miralles, y una guitarra vieja que él mismo rasgó.
El escenario no podía ser más propicio, la Alhóndiga de Granaditas, un antiguo almacén de granos que ahora ha sido convertido en auditorio.
Lo hermoso fue ver a los vecinos del lugar, con palcos privilegiados en el balcón de sus casas, o desde las azoteas, cantando las canciones de Serrat, y aplaudiendo emocionados. Todo gratis, por supuesto.
El sitio era, por lo menos, sugestivo. Cualquiera con algo de imaginación diría que ahí no estaban Serrat y el público nada más. También había fantasmas.
Y no es para menos. En el sitio corrió sangre de patriotas. Tras la caída de los primeros líderes insurgentes, a fines de 1811, las cabezas de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez fueron colgadas en cada una de las esquinas de la Alhóndiga, como escarmiento.
Las cabezas de estos héroes patrios permanecieron colgadas durante nueve años y ocho meses hasta la consumación de la independencia, de donde fueron llevadas y enterradas con honores en ciudad de México.
La noche del 8 de octubre, durante el concierto de Serrat, las cuatro varillas de acero donde fueron colgadas las cabezas de los insurgentes, estaban iluminadas.