Hay momentos en que la palabra más cierta, la más exacta, se vacía de significados. El poeta está urgido de un discurso, del verso, el párrafo que diga, sin despilfarros semánticos, lo que se quiere decir. El caso es que acudo a esta obra de la colección Ricardo Miró de 1990 para decirle hasta luego a su Musa.
En el libro, según otras voces, el autor nos introduce en el mundo que narra, imponiéndonos una manera poética poco cultivada en nuestro medio: el poema anecdótico… Y sigue diciendo las voces: la imagen del hablante que regresa es la misma de Odiseo, sólo que esta vez reencuentra no a su esposa, sino a su madre y al mundo que ha quedado intacto en el recuerdo. Luego de esa aventura que es la vida, el hablante “cansado de la edad/ y del trayecto”, regresa, “Aferrado a su sed de eternidad”, para “volver a comenzar”.
La obra quiere ser una especie de retrato en familia que va desde la circunstancia general de un país, un barrio, en este caso El Chorrillo, a lo particular, la familia, en cierto marco histórico que sacudió y sigue siendo estremecido, como pueden llegar a ser los sucesos de diciembre de 1989.
La buena fortuna de este libro, de escasos 26 poemas, mereció un comentario de la Excelsa Elsie Alvarado de Ricord quien manifestó, en publicación conmemorativa del Centenario, que se trataba de un “poema alegórico”.
El libro se puede antojar una cosmogonía o especie de árbol genealógico donde organizar el caos que es, en final de cuentas, la familia. Allí están retratados los abuelos, los padres, los hermanos y por supuesto, La madre “que lleva un hijo en cada arruga, un embarazo en toda su profundidad. Mamá mujer de luna y de sal y su don mágico de dar la vida”.
Está retratada la infancia, la adolescencia, la madurez del poeta: “la mitad de mi infancia fue calcinada por un flagelo virulento… Pero volví a mis zapatos y a mis juegos” Y continúa: Resolví los misterios de los números y los códigos del abecedario, compartí mi pan y mis cuadernos, embadurné mis manos con el sol del mediodía”.
He vuelto a En casa de la madre para decirle que Cecilia, que es el nombre de la Musa, se ha ido, ella justificaba los versos que dicen: “Todo el amor del mundo cabía en mi casa”.