Pero mira que es sabia la sabiduría popular y ya lo dicen desde hace montones de años, que donde debe sobrar la vaina al final, no hay. Eso es lo que pasa en Panamá, mira que tenemos agua, montones de agua, lluvia a borbotones, a cántaros, trombas de agua o bajareque inclemente. Agua que cae del cielo y que se une a las mareas para formar piscinas en las que los carros flotan como barquitos en el mar. Además hay quebradas, riachuelos, cascadas, ríos, lagos y un par de océanos, pero hay enormes zonas de Panamá donde los habitantes están secos como mojama. Y no solo eso, sino que cada dos por tres nos quedamos sin agua en la ciudad. Los problemas de infraestructura son enormes y se agudizan por la incapacidad congénita de los ingenieros en los megaproyectos que, en vez de revisar cuidadosamente los pun tos de excavación para no cargarse nada, parece que eligen donde cavar con una vara de zahorí, o jugando a piedra, papel o tijera.
Pero no solo son las constructoras las que tienen un problema con el agua, somos todos los que vivimos en Panamá los que tenemos un mal manejo del vital líquido, quizás porque lo hemos tenido siempre al alcance de la mano y solo sentimos que es básico cuando nos falla. Yo, que he vivido durante años en un país al que las sequías azotan periódicamente, tengo en la cabeza lo que yo llamo la ‘histeria del chorro’. Cierra el grifo mientras te cepillas los dientes, aunque sean escasos minutos. Cierra la ducha mientras te enjabonas la cabeza, vuelve a cerrar el grifo de la alcachofa mientras te frotas la espalda. Friega todos los platos primero con el grifo cerrado y luego enjuágalos todos a la vez. Cierra el grifo, cierra el grifo, ¡cierra el grifooooo! Esa frase era repetida una y otra vez (otro día hablaré de la otra frase materno-paterna: ‘¡Apaga la luz!’) y al final la internalizas. Lo que al principio te agobia, al final es parte de tu rutina, es una de esas frases que odiabas escuchar cuando eras niña y hoy te descubres gritándoselas a tus hijos: ‘¡Ese grifooooo!’
Neurosis transmitidas generacionalmente aparte, aquí he visto cosas alucinantes, como por ejemplo, regar el césped mientras está lloviendo, sí créanme, no es broma. Agua cayendo y la empleada, bien tranquila, debajo del techito del porche y con la manguera a todo lo que daba. Y tú te preguntas: ¿en serio?, mientras miras alrededor para buscar la cámara oculta, porque tiene que ser una broma, ¿no? También conozco gente que tienen tanques particulares y que los llenan y los vacían completamente cada dos semanas para que ‘el agua no se pudra’, no hay forma de hacerles entender que si los tanques están cerrados, al agua no le pasa nada por un buen rato… Desperdician litros y litros en un proceso inútil. Así podemos seguir con costumbres y malos manejos del agua. Mangueras abiertas mientras jabonan el carro completo y el agua corre calle abajo, gente que manguerea la acera delante de su casa durante horas sólo para fijarse en quien entra y quien sale de la casa de sus vecinos. Personas que están convencidas de que tienen derecho a usar y abusar del agua que sale por sus plumas, que no debe de acabarse y que no tienen porqué controlarse.
Hagamos examen de conciencia, todos sabemos que podemos hacerlo mucho mejor, si no ponemos un poco más de cuidado quizás dentro de poco no habrá nada por lo que gritar: ‘¡Cierra la pluma!’