3:41 de la tarde. Una muchedumbre forma una extensa fila con el propósito de entrar al hipódromo. Esta sería una buena noticia si ese montón de gente tuviera la intención de apostar o, por lo menos, ver una carrera. Sus propósitos eran otros: ver un juego de fútbol, beber y exhibirse.
A esa misma hora, la tribuna principal está casi vacía, muchos hípicos tuvieron que irse al no encontrar estacionamiento. La voz del locutor de las carreras se ahoga debajo del sonido de las bocinas que, desde las cantinas localizadas en el estacionamiento -que ya no es familiar-, disparan música estridente, expenden “guaro” a dos manos y la muchedumbre grita los goles como si estuviera en “La Bombonera”, el “Camp Nou” o el Santiago Bernabéu.
La seguridad hace la pantomima de que está poniendo orden. A sus espaldas, un vehículo avanza en medio del caos, por la calle lateral que sale al casino. Se detiene. Dos muchachos en “short” y con franelas del “barsa” se bajan, abren el maletero, sacan un maletín color café del que sobresale una bolsa de hielo. Abajo hay un bulto. Puede ser licor, cerveza, más hielo o quién sabe qué cosa.
Otro chico, que ya pagó su entrada, se aproxima a la cerca de ciclón y recibe de manos de sus dos compinches el maletín en cuestión. ¡Allá va eso!
Una hora después se acabó el juego. Gracias a Dios quedó empatado. Blancos y “culés” se conforman con el resultado, aunque ambos consideran que merecían la victoria.
En el escenario hípico, el que casi nadie vio, Panama Thunder gana el clásico, en un gran carrera. Solo los hípicos se dieron cuenta.
Termina la tarde, el ambiente está tenso. Mucha gente en el lugar. El sentido común aconseja salir del área. Cuando caiga la noche, cualquier cosa puede pasar. Efectivamente, sucedió lo que era fácil colegir: otra balacera, otro hombre muerto y otra herida a la imagen del hipódromo.
¡Hasta cuándo esta lucha!