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En recuerdo de León Tolstoi

“No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo”. León Tolstoi


En enero 3, “The New York Times” publicó un artículo con el sugestivo título “For Tolstoi and Russia, still no happy ending” (Para Tolstoi y Rusia, todavía no hay un final feliz). Uno de los estadistas más importantes de Rusia Sergei Stepashin, ex primer ministro, está dedicado a la misión de rehabilitar una de las figuras más queridas de la historia rusa, León Tolstoi. La Iglesia Ortodoxa rusa excomulgó a León Tolstoi en 1900, por haber sido, según ellos, instrumento que aceleró el inicio de la revolución bolchevique. Los intelectuales acusaron a la Iglesia de colocar al escritor en una lista negra, algo que parece inconcebible en el siglo XXI, pero así es.

Con esta misión en mente, Stepashin se sentó con la máxima autoridad de la Iglesia Ortodoxa Rusa, que se ha convertido en árbitro de la política y la cultura en Rusia, para pedir perdón en nombre del escritor muerto cien años antes.

El artículo prosigue señalando que Lenin amaba a Tolstoi y lo ungió como “el espejo de la Revolución rusa”, ignorando su pacifismo y profunda religiosidad, que bordeaba en fanatismo.

 

Al medio siglo del aniversario de su muerte, el Comité Central del Partido Comunista organizó la celebración con dos años de anticipación, para erigir un monumento en su honor, pero el centenario de su muerte en noviembre de 2010, pasó desapercibido. Como contraste, Chekhov recibió grandes homenajes, en el 2010, el 150 aniversario de su nacimiento, festejos presididos por el presidente Medvedev.

El bisnieto de Tolstoi, Vladimir I Tolstoi, diez años antes, había solicitado a la Iglesia Ortodoxa revisión de la orden de excomunión de 1901, pero no obtuvo respuesta. Vladimir es curador del museo en Yasnaya Polyana, la casa del escritor, trabajó en la campaña política de Putin y usa la influencia de su nombre para hacer favores a políticos del área.

Aparte de una recepción llevada a cabo por el Ministerio de Cultura, el aniversario transcurrió bastante ignorado.

 

Por casualidad, cuando el artículo apareció en el The New York Times, escuchaba una grabación de “Ana Karenina”, en “audiobooks”, novela que leí hace unas cuantas décadas. ¿Qué recordaba de esa lectura? La bellísima mujer que abandona a su marido e hijo para irse con el apuesto conde Vromsky, la vida de la nobleza, las tertulias, las fiestas, los prejuicios sociales, los celos y la inseguridad que la torturan, el suicidio bajo las ruedas del tren. Eso es todo. Quizás la memoria influenciada por las dos versiones cinematográficas protagonizadas por Vivian Leigh y Charlotte Bloom que terminan con la muerte de Ana que vi hace muchos años.

Pero el libro es mucho más que ese trágico suceso, los conflictos personales de Ana Karenina ocupan menos de la tercera parte de la obra.

En realidad, el personaje más importante es Lyovin, el álter ego de Tolstoi. Como él, nace en una familia de aristócratas, pasa su juventud en francachelas, juegos de cartas, obteniendo con facilidad los favores de muchas mujeres, en absoluta ociosidad hasta que huye al campo y batalla por encontrar su conciencia.

 

Lyovin, a pesar de su elevada posición social, un matrimonio deseado y la paternidad, no logra encontrar la felicidad. Como Tolstoi, Lyovin diseña la vida disipada de la nobleza rusa, dedica largas horas a tratar de mejorar los anticuados métodos de agricultura, le indigna el maltrato que sufren los siervos por terratenientes, le horroriza la pobreza en que viven y se retira a vivir lejos de San Petesburgo en el campo, dedicado a la lectura de los grandes filósofos, científicos y teólogos de la época. Lyivin personifica la búsqueda y el encuentro de Tolstoi con la verdadera fe.

Ante la insistencia de Sergei Stepashin, la Iglesia Ortodoxa publicó en la “Gazeta Rossiyiskaya” (periódico oficial del Estado) un comunicado aceptando “la belleza y las inolvidables obras de Tolstoi, y permitía que los lectores ortodoxos dedicaran una oración en silencio en el aniversario de su muerte.”

El comunicado en tonos fúnebres agrega que Tolstoi era “la personalidad más trágica de la literatura rusa que usó su gran talento para destruir la tradición espiritual y el orden social de Rusia” y que “no era un accidente que el líder de la revolución bolchevique apreciara en extremo los designios de Tolstoi”.

 

El comunicado fue firmado por el secretario cultural del Patriarca Kirill, líder de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

Lo incongruente es que en 1980 los expatriados ortodoxos rusos proclamaron como mártires al zar Nicolás y su familia y en agosto de 2000 el sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rusa los glorificó como santos “por su sincero esfuerzo de incorporar a sus vidas los mandatos de los Evangelios. Soportaron su sufrimiento en prisión con humildad, paciencia, y en su muerte como mártires en Yekaterinburg en la noche del 17 de julio de 1818 les fue revelado la luz de la fe en Cristo que conquista todo mal”.

Ese santificado emperador, indeciso, débil, llevó a Rusia al colapso militar y económico. Fue apodado Nicolás el Sangriento por permitir la Tragedia de Kodhinka, el Domingo Sangriento y las persecuciones a judíos entre otros tantos descalabros que llevaron al levantamiento bolchevique.

En el ensayo “El reino de Dios está en vosotros”, Tolstoi arremete contra la Iglesia por conciliar violencia, religión y el Estado que solo sirve para oprimir a la población en beneficio de unos pocos. En su extensa correspondencia con Mahatma Ghandi, en una última misiva poco antes de morir, le indica que la resistencia pasiva debe requerir que cese toda aplicación obligatoria de impuestos, así como la abolición de todas las instituciones legales, de la policía y por encima de todo, las instituciones militares. Esas eran algunas de las recetas del escritor pero no solo para Ghandi sino para el resto del mundo. Como Ghandi, Tolstoi era vegetariano.

Tolstoi se empeñó en defender y educar a los más humildes en sus tierras en Yasnaya Polyana, construyendo escuelas en donde él mismo enseñaba, manifestó su rechazó a la riqueza de la nobleza, al extremo que quiso donar todas sus pertenencias a los pobres, pero esta decisión fue opuesta por su familia. Su vida termina, cuando enfermo, abandona su aristocrática propiedad en el campo y a su familia para ir a vivir como un asceta, y acaba muriendo en la estación de tren de Astapovo de pulmonía.

El dramático evento fue llevado al cine en 2010, en conmemoración del centenario de la muerte de Tolstoi. El productor de cine Andrei S. Konchalovsky intentó obtener apoyo del gobierno ruso sin respuesta, y terminó invirtiendo su propio dinero en la producción de “La última estación” con un elenco internacional. Basada en la novela de Jay Parini, incluía en el elenco al actor canadiense Christopher Plummer en el papel de Tolstoi.

El crítico literario Pavel V. Basinsky que acaba de publicar un libro que examina los últimos días de Tolstoi, asombrado por la intransigencia de la Iglesia Ortodoxa dijo que “Es como si nos encontráramos en la misma situación de principios del siglo pasado”.

Independientemente de la intransigencia de la Iglesia Ortodoxa Rusa, o la indiferencia del gobierno ruso, el autor de una de las mejores novelas del mundo “Guerra y paz”, el conde Lev Nikoláyevich Tolstói es una figura inmortal, que brilla con luz propia y no necesita de rezos ni velas, solo basta con su obra literaria para rendirle todos los honores que se merece.

Hay que revisitar los clásicos, una y otra vez.


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659012
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América