Un día como hoy hace 10 años, el mundo occidental amaneció horrorizado. Por bondad de las tecnologías de la comunicación e información millones de personas fuimos testigos del que es considerado el ataque más feroz y osado contra un objetivo enemigo y que fue matizado por el simbolismo que representan el World Trade Center y el Pentágono que fuera atacada en una de sus alas.
Desde este 11 de septiembre del 2011, el mundo cambió. Nada ha sido igual. Hubo momentos en los que todos nos convertimos en sospechosos y objetivos a la vez. La tranquilidad fue resquebrajada y la confianza diezmada, mientras que la incertidumbre y temor ganaron músculos.
Sin dudas el 9-11 marcó un antes y un después en las relaciones sociopolíticas del mundo, cuyas secuelas todavía prevalecen. El nerviosismo y la ansiedad natural que se siente cuando se emprende un viaje por avión cambió de tal manera, que movilizarse no ha sido lo mismo debido a los rigurosos y necesarios controles de seguridad que se han puesto en práctica en los aeropuertos. A ello hay que sumar que, por más inocente que uno se sienta, en nuestro fuero interno siempre sentimos que somos vigilados o, en el peor de los casos, perseguidos.
Lo anterior son algunas consecuencias cotidianas de lo que nos dejaron estos ataques perpetrados de manera insensible por fanáticos que no han comprendido que sacrificar vidas, ya sean propias o ajenas, no conduce a otro estadio que no sea aquel en el se arraigan los resentimientos y los odios.
Diez años después, la lección es que, aunque hemos avanzado en términos de la ciencia y la tecnología, todavía gran parte de la humanidad vive distanciada de los polos del progreso, cercados por el hambre y secuestrados por la falta de oportunidades. Y esas son las luchas que todos debiéramos librar para derribar las barreras de la desigualdad y la injusticia, que son enemigos comunes de todas las sociedades.