“Mis ganas de revestir la vida con símbolos hermosos” Neco
“Cuando escribía ‘Una mente vagabunda” llegué a la conclusión de que cualquier idea es válida para reforzar un ensayo, hasta lo que resulte del hurgamiento en los terrenos de la metafísica y lo sobrenatural. Lo que sigue es de mi libro, próximo a ser publicado, donde imaginé sesiones espiritistas con personajes escogidos.
«Preguntemos a Picasso, con ayuda de una médium (¿por qué será que las médium siempre son mujeres?); una que nos haya demostrado poderes paranormales: «¿Qué es el cubismo?» Su respuesta, desde el otro lado de la vida, podría ser un ensayo: «¿Qué más? Cubos, cubos, pirámides y conos y más cubos, y triángulos y esferas, y más cubos... La pintura, aliada con la geometría, domina filosóficamente las formas del universo: lo que no es recto, es curvo. Si a ésto le añado los colores, el desenfreno de la luz, el desmenuzamiento cromático, que a su vez logra extraños efectos en el espectador pues son trasmisores de temperatura y de emociones; controladores o exponentes involuntarios del gusto humano, entonces obtendría usted el ensayo que espera de mí… y además, una novísima obra de arte».
»Pregunté a Arnold Schoenberg sobre los misterios de la música dodecafónica, su respuesta, otro ensayo: «En la música, que es ordenación de los sonidos, nunca encontré misterio, lo que sí hay es matemáticas. La música es matemática pura. La melodía es un falso camino que jamás me conducirá a lo que yo busco: los doce pálpitos del mundo».
»Y, en el mismo teatro fantasmal donde encontramos a Schoenberg, localizamos a Dame Margot Fonteyn (La ingrávida Bella durmiente, la melancólica Giselle, la del cisne moribundo que se inmortaliza aleteando en su agonía, la Ondina de los bosques embrujados). Nos dice Margot: «Ahora, en la inmovilidad total, comprendo que la música y la danza eran dos cosas, no una. Espere, no puedo repetir en mi sueño que la danza es música en movimiento. No, no, la danza es poesía en movimiento, la belleza fluyendo del cuerpo. No puedo decir que la música se pone zapatillas para danzar. No, ella, la música, es la poesía del sonido. Ahora, en el estatismo de mis huesos, sonrío al recordar las enseñanzas de Balanchine: «Ahorra energía, Margot, recuerda que tienes que seguir danzando». Y ya lo ve usted, incluso en mi inmovilidad, todavía puedo ensayar un par de brincos, aunque sea en su pensamiento».
Cuando al fin yo sea espíritu, también contestaré.