Hace tres lustros, aproximadamente, tuve el privilegio de intervenir, como protagonista, en uno de los momentos estelares de la historia de Panamá. En aquellos momentos un sector de la población, la más humilde, enfrentaba a los grandes poderes, como lo hicieron otras antes de la separación de Panamá de Colombia. Y yo estaba allí como protagonista.
En razón de ese privilegio pude compartir, como panameña, como panameña patriota, y con muchos otros ciudadanos de este país, una vida de la cual me siento orgullosa. Tal vez por esa razón el rector de la Universidad de Panamá, Dr. Gustavo García de Paredes, me ha solicitado que comparta algunas ideas en esta tribuna donde, a lo largo de muchos años, se incuba la dignidad nacional.
Debo empezar por decirles que el Panamá de 1989 en nada se parece al Panamá del año 2006. En 1989 el país era prácticamente una colonia o protectorado de Estados Unidos. A partir de la firma de los Tratados Torrijos-Carter, y con la erradicación del enclave el 31 de diciembre de 1999, desapareció formalmente el colonialismo en nuestro país. Desde ese momento se ampliaron los retos, se acabaron las excusas y una buena parte del país que queremos construir empezó a depender más de nosotros mismos que de cualquier otra instancia transnacional.
Pero eso no significa que acabaron todos nuestros problemas y que tenemos despejado el futuro. Fechas como las de hoy nos permiten pasar revista de nuestra historia, rendir cuentas, despejar incógnitas, cuestionar actos, proyectar nuestras acciones hacia el porvenir. Y ensayo estas palabras en el mejor escenario posible, en la Universidad de Panamá, en la institución que ha ocupado la primera línea de combate en defensa de nuestra independencia e identidad nacional.
Ahora bien, tengamos en cuenta algunas de nuestras realidades. Aunque todo parezca indicar que el crecimiento económico es relativamente aceptable, hablando en cifras, es necesario recordar que un 80 por ciento de la población no goza de la bonanza de la que disfruta el 20 por ciento de ella. Y el 40 por ciento de los habitantes de este país viven en pobreza y pobreza extrema, que cada vez más se extiende a los centros urbanos. Son cifras harto conocidas y de seguro alarmantes. Por ello, aprovecho este momento para hacer algunos recorderis.
A un poco más de 100 años de la separación de Colombia, Panamá presenta características propias, inéditas que deben constituirse en la oportunidad para encarar ese instinto de sobrevivencia que nos caracteriza, con otra visión, con otro olfato, pero sin olvidar su historia, pues como dijéramos en aquella oportunidad, "lo que mejor define a Panamá es su historia, pero no la historia de recetario y catecismo, no lo que recogen algunos textos de enseñanza, la que escamotea la verdad, la que se regodea en un lenguaje de eufemismos maniqueístas, para negar a las generaciones del futuro, su futuro."
Lo que quise decir cuando dije eso, hace algunos años, es que Panamá puede enfrentar el futuro, siempre y cuando, no olvide su historia, y para eso es imprescindible recordar, que Panamá se ha afirmado como nación, luego de la alborada que se inició el 1 de enero del año 2000, cuando de una vez por todas se puso faldas y pantalones largos para erradicar definitivamente la dependencia colonial que la aquejaba.
También es propicia la ocasión para reconocer que Panamá, al iniciarse el siglo 21, ha reafirmado que es más que un canal. Que ahora con esa vía del comercio mundial en nuestras manos estamos en condiciones de forjar un futuro mejor a pesar de todos los avatares, a pesar de todas las dificultades, a pesar de nuestras contradicciones, porque a pesar de todo eso -y eso lo confirma la historia- hemos sido capaces de enfrentar y sortear los peligros y caminos tortuosos impuestos por propios y extraños.
Nuestra separación de Colomina es prueba de esta afirmación. En 1903, a pesar del inevitable tutelaje impuesto por la potencia del norte, desde el mismo instante cuando se declara la separación, los panameños se unieron para protestar por los abusos cometidos y por la interpretación de un tratado que ningún panameño firmó, y que limitaba la soberanía de la nación. A través de la historia de nuestro país, los diferentes segmentos de su población -cada vez que ha sido necesario- se han unido en defensa de sus intereses colectivos, actuando con espíritu de cuerpo, respondiendo al mandato de sus raíces más profundas.
Las pruebas fehacientes de esa vocación y decisión de asumir las riendas de nuestro destino como nación han quedado registradas en fechas memorables, como la de hoy, a pesar de lo que se diga.
En este momento histórico, de algo deben estar conscientes los panameños: el recurso económico más importante del país, de ser administrado con eficiencia, debe servir por encima de cualquier otro interés para aliviar los graves problemas de la inequidad económica, de la mala distribución de la riqueza, y la inexcusable desigualdad social, que persiste en el país.
Se supone que los pueblos ordenan a sus mandatarios. Los mandatarios deben interpretar en forma correcta a sus pueblos si no quieren equivocarse. El mandato implícito en el referéndum del 22 de octubre pasado, así como el de aquel 31 de diciembre de 1999 remojado de sangre mártir, debe honrarse. Y ese mandato es el siguiente: El Canal de Panamá se construyó para hacer negocios, pero los negocios del Canal de Panamá deben hacerse para mejorar la calidad de vida de todos los panameños. Ese mandato debe ser respetado al pie de la letra. A lo largo de la historia hemos sido capaces de estar por encima de los intereses individuales. En esta fase de nuestro desarrollo debemos seguir estándolo más que nunca. La sangre derramada reclama esa responsabilidad y vocación de Patria.
La Universidad de Panamá debe convertirse en poder vigilante, fiscalizador y colaborador de una estrategia de desarrollo humano sostenible -dentro de la cual la modernización del Canal sea una más de todas las acciones encaminadas a construir una sociedad más rica, pero más equitativa; más desarrollada, pero más justa; más laboriosa, pero más alegre; más compleja, pero más pacífica. Una sociedad de producción y repartos equilibrados.
A pesar de ser el 3 de noviembre una fecha de regocijo no podemos guardar silencio frente a la crisis por la que atravesamos.
No podemos interpretar los lamentables acontecimientos de los últimos días como hechos aislados. Debemos pensar en ellos como problemas reales, derivados de una creciente complejidad de problemas sociales enraizados en modelos de vida odiosos y perversos. Nuestros sistemas de convivencia están alterados. La incapacidad de crear entornos de supervivencia armónicos y sustentables, debido entre otras cosas a la pobreza, al hacinamiento, a la promiscuidad social, al empoderamiento de una marginalidad agresiva y militante, a las ofertas de una sociedad de consumo, promotora de conductas colindantes con la barbarie, es lo que ha dejado a los gobiernos de las últimas épocas sin iniciativa.
Pareciera necesario proponer otras alternativas de convivencia. Pareciera urgente crear un nuevo orden social en los que habría que involucrar al sistema educativo, y también a las iniciativas de producción vinculadas directamente con la disminución de la pobreza y pobreza extrema. La atención que debe darse a los problemas de la familia, afectadas en su intimidad por una escala de valores enajenantes y egoístas, cuyo paradigma es el dinero y acumulación de bienes materiales, debe ser examinada cuanto antes para evitar la recurrente exacerbación de los traumas sociales.
Por supuesto, entre estas alternativas se plantea la necesidad de estabilizar la institucionalidad de este país. Mientras no se encare este problema, las autoridades, la sociedad y los ciudadanos estarán respondiendo a las coyunturas, a los desastres, a los crímenes, a la violencia, a los poderes mediáticos, pero sin enfrentar a fondo los problemas estructurales de una vez por todas.
Si se hiciera un recuento de los diálogos, de los conversatorios, de los estudios y diagnósticos sobre los problemas que nos aquejan, nos daríamos cuenta de que se dispone de la información, pero falta la voluntad requerida para aplicar soluciones prácticas y científicas a corto, mediano y largo plazo; y mucho menos radicales.
Sería urgente que las autoridades de las instituciones rectoras se preocuparan por hacer prevalecer el imperio de la ley, en igualdad de aplicación para todos, sin abusos ni privilegios. Pero independientemente de que se mejoren los sistemas represivos, el porvenir inmediato es preocupante. Y es preocupante porque el anunciado mejoramiento de la economía sin atender esta grave crisis, sin mejorar los modelos de convivencia, lejos de lo que creen algunos ilusos, agravará los problemas sociales, porque la delincuencia se incrementará exponencialmente, según una fórmula poco estudiada pero real: cuanto más dinero en circulación mayor tasa de criminalidad.
Es insuficiente enfrentar el problema del transporta público sólo con medidas represivas para evitar tragedias parecidas a la de los últimos días y que son la tónica desde hace muchos años. Es insuficiente la investigación alrededor de las muertes por envenenamiento con medicamentos fabricados por el Laboratorio de la Caja de Seguro Social. Lo importante e impostergable es tomar conciencia en la forma cómo se gobierna un país, cómo se respetan los deberes y derechos de los ciudadanos según el mandato de la Constitución Nacional, y según el sentido común.
Mientras no se tomen acciones integrales sucesos dolorosos como los ocurridos, serán recurrentes y no podremos enfrentar el futuro con honestidad, decencia y responsabilidad.
Finalmente, queridos amigos y amigas, hoy 3 de noviembre, no es un día para golpear el muro de los lamentos, debe ser un día de alegría, pero sobre todo de reflexión, porque patria es algo más que la patria. Nación es dignidad, fervor patriótico; es ganas de vivir y morir por ella. Pero además es responsabilidad, es trabajo honesto, es productividad. Es crear las condiciones para vencer la pobreza, porque así como se crea riqueza, debe distribuirse bien.
Días como hoy deben servirnos para pensar en una nueva república, pero en función de todos los seres humanos que la habitan, que comparten el mismo sol y la misma noche estrellada, las mismas lluvias y las mismas alegrías, así como los mismos sufrimientos y también las mismas esperanzas.
Abramos nuevos horizontes a la juventud, que pareciera perder el rumbo. Convenzamos a los medios de comunicación sobre su excelsa misión de educar al mismo tiempo que informan.
Aprendamos de nuestra historia para ayudar a la sociedad a cumplir las augustas empresas del desarrollo, pero un desarrollo para todos. Encaminemos el porvenir de esta república por los luminosos senderos de la justicia, de la paz y la prosperidad, en un solo haz de voluntades.
(*)Intervención de la Lic. Alma Montenegro de Fletcher, 3 de noviembre de 2006, Acto Protocolar en la Universidad de Panamá.
i) Las buenas prácticas culturales laborales mínimas son:
a) Puntualidad: llegar a tiempo y no salir antes
b) Honestidad: no hacer, por ej., compra/venta de certificados médicos.
c) Responsabilidad: cumplir con las tareas, especialmente en trabajos grupales
d) Autoestima: sentirse bien consigo mismo, como el refrán anglosajón: "un día de trabajo honesto para un día de pago honesto".
ii) Las plazas de trabajo masivo del futuro, por las demandas de la globalización, se convierten las llamadas ocupaciones vocacionales en técnicos (por su mayor contenido del conocimiento).
La vida es un viaje de tránsito del tercer al primer mundo. Imaginemos que todos los panameños estamos en David e iremos al Estado de Nueva York. Vamos allá porque se asemeja un tanto a la estructura de los cuatro países de Panamá, con proporciones guardadas.
Algunos miembros del País Exportador irán en su propio avión. Mientras los acaudalados del segundo país irán en su avión propio, los demás irán en carro propio o en bus expreso hacia Tocumen rumbo a N.Y., aunque algunos tendrán que pedir fiado el boleto aéreo. El tercer país partirá caminando y habrá algunos que con su propio esfuerzo lograrán subir a la chiva camino a Tocumen, donde seguramente pedirán fiado el boleto y hay algunos que tomarán el bus expreso en Penonomé. El cuarto país emprenderá su caminata a través de Centroamérica y los aventajados cogerán un modo de transporte en la ruta.
¿Quiénes somos? La respuesta decidirá qué tan rápido se mueven las personas de los países cuarto y tercero a NY. ¿Generaremos y dedicaremos los recursos económicos y humanos necesarios a largo plazo requeridos? No hay almuerzo gratis. La tarea es difícil, pero impostergable porque es de Seguridad Nacional.
Entornos, supervivencia, gobiernos e iniciativa
Panamá puede enfrentar el futuro, siempre y cuando, no olvide su historia, y para eso es imprescindible recordar, que Panamá se ha afirmado como nación, luego de la alborada que se inició el 1 de enero del año 2000, cuando de una vez por todas se puso faldas y pantalones largos para erradicar definitivamente la dependencia colonial que la aquejaba.