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Entre educadores e ignorantes

No me voy a parar en chiquitas haciendo distinciones bizantinas entre educación pública o privada, porque tanto monta, monta tanto. Al oír a los supuestos educadores que balbucean a voz en grito sus pobres argumentos, te das cuenta de que no se le puede pedir peras al olmo.


Mónica Miguel Franco (Antropóloga, actriz y escritora) / PANAMA AMERICA
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Un año más está a punto de acabar la Feria del Libro, mientras ustedes están leyendo esto, en los puestos están ofreciendo sus mejores ofertas, los conferencistas están contando sus últimas historias y los escritores agotan la tinta de sus plumas en las últimas firmas. Todo esto en medio de la debacle que hay montada con la educación pública en éste país. Que si huelga, que si ministra, que si educadores.

Y no puedo por menos que meter mi cuchara en la sopa y remover los posos, que a mí eso siempre me ha gustado.

“Lee y conducirás, no leas, y serás conducido” dicen que dijo Santa Teresa de Jesús entre arrebato y arrebato, y ansias de morir por no morir. Pues aquí en Panamá a la mayoría los conducen como borregos al matadero. Porque la educación, la verdadera educación, brilla por su ausencia. Y como Tácito, escribo esa frase en relación a un funeral. Porque estamos asistiendo al entierro de la educación en Panamá. No se equivoquen, no exagero, si alguien no hace algo rápidamente, todos nos vamos barranco abajo, porque los chavales de hoy en día salen de las escuelas un punto menos que desasnados.

Sonaré dictatorial y se me van a echar encima con horcas y bieldos (¿no conocen el significado de éstas palabras? Abundan entonces en mi argumento) pero no me importa. No me voy a parar en chiquitas haciendo distinciones bizantinas entre educación pública o privada, porque tanto monta, monta tanto. Hay que desbrozar en casa lo que en el colegio se encargan de embrollarles. Hay que corregir faltas de ortografía básica escritas por los educadores. Y hay que obligarles a leer, investigar y hacer lo que en el colegio no hacen. Porque sencillamente, nadie les va a obligar a leer la Ilíada en el colegio, (¿nos reímos todos?) Ya no hay latín, ni griego, ni les hacen desarrollar la memoria (Huy, memorizar… ¡Anatema!), y la oratoria no se basa en el arte de la retórica, sino en el sofisma y la diatriba. No me griten, ¿ustedes han visto lo que viene bajando?

Los maestros no tienen ganas de enseñar, y lo de trabajar, sí pero poquito. No sea que los herniemos. Si oyes hablar a la mayor parte de los supuestos educadores que balbucean a voz en grito sus pobres argumentos en los medios, te das cuenta de que no se le puede pedir peras al olmo. De donde no hay no se puede sacar. Pobres muchachos. Qué mal los veo.

Y ahora hablemos de las excepciones, que las hay. De esos maestros que lo son no porque no tenían otras opciones, o no valían para nada más, sino a aquellos que realmente disfrutan enseñando, que sacan de su sueldo lo que no les proporciona el colegio y lo hacen con gusto. Que aprenden cada día para poder transmitir los conocimientos. Que saben cómo enseñar, como Marina, mi profesora de literatura en secundaria, que sabía cuándo dejarnos reír a carcajadas durante toda una clase, porque iba a lograr que nunca se nos olvidasen los versos de Quevedo. Todavía existen esos maestros en Panamá, maestros que son maestros, ni educadores ni facilitadores. ¿Facilitadores? ¿Quién ha dicho que aprender tiene que ser fácil? La vida no es fácil. Quien te diga lo contrario te miente. Esos maestros a los que, como a mi abuelo, el ‘don’ les cae como un guante.

Pero esos buenos maestros están en peligro de extinción. ¿Alguien se imagina llamando a alguno de los que salen vociferando en la tele ‘don’? Permítanme que me carcajee. Y luego llore.


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895742
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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