La joven tomó la hojita y la leyó; era una de esas en las que aparecen los estudios hechos y las ejecutorias logradas; “currículum vítae” les llaman (detesto tales enumeraciones, por engañosas; pero la sociedad, en particular la académica, es bien clara: o tienes una, o será muy difícil abrir ciertas puertas).
En la hojita de marras (en mi caso parecía más una hojita de parra), se aludía a cierto ensayo sobre el “sesquicentenario” del Congreso Bolivariano. “¿Qué dice aquí?”, preguntó ella, apuntando la palabra con su dedo índice, esmeradamente manicurado. “Ses-qui-cen-te-na-rio”, leí yo, temiendo que se tratase de un gazapo agazapado. “Sí, ya sé”, corrigió, “¿pero qué quiere decir? ” Tragué en seco, aliviado; la hoja era para merecer un puesto como corrector al que aspiraba por aquellos días y una errata a esas alturas del partido hubiese sido fatal. “Se refiere a algo que cumple 150 años…”, respondí, como si de una validación se tratara. “Mmm… una palabra nueva, ¿verdad? ” Era deliciosa la cortesía con la que hacía las preguntas, sin un asomo de suficiencia ni de nada parecido; yo fui el mal educado al contestarle: “Pues… tendrá su sesquicentenario”.
Nuestra cultura manda a conmemorar el pasado realzando ciertas fechas históricas: la Vía Cincuentenario se llama así porque fue inaugurada en 1953, a medio siglo de nuestra independencia; el puente Centenario, por la misma razón, sólo que cincuenta años después. No pasa un mes sin que haya que festejar el décimo aniversario de la empresa, la vigésima promoción del colegio, el trigésimo aniversario de la asociación, el nacimiento del cuadragésimo gatito de la gata Cata… Es decir, oportunidades para usar números ordinales sobran… entonces, ¿por qué tratarlos como a extraños?
Vamos al principio: los números pueden expresar cantidad (“Dame tres aguacates”); en este caso se les conoce como cardinales. Pero también pueden darnos idea de la posición que ocupa algo entre sus similares: “Escojo el número tres de la lista”; este último ejemplo nos permite cambiar el cardinal por su ordinal: “Escojo el tercero de la lista” (denotando así el orden en que está ubicado el elemento en una serie).
Hasta el número diez no parece haber problemas: …cuarto, quinto… décimo. A estos, al igual que los que representan decenas (20, 30, 40…) y centenas (100, 300, 500…) se les conoce como ordinales simples (compuestos por una sola palabra). Es en los demás casos donde nos sale la bruja.
Si Panamá, por ejemplo, participara junto a todos los países del mundo por ganarse, digamos, un récord Guiness por cualquier zoquetada, y quedamos en la posición número once, no faltará alguien que diga que esa posición es la “onceava”. Y estará diciendo algo incorrecto, aunque el corrector de Word no le avise. Lo acertado sería indicar que merecimos la aún envidiable undécima posición (hasta se acepta decimoprimera o décimo primera), pero no esa otra palabra.
¿Existe la palabra “onceava”? Claro, es un partitivo: denomina a una o a varias partes de un todo. Vamos con calma, que siguen las columnas de Madelag, de Neco, de Héctor, los invitados y el Cuento D… Imagínense que para optar por el récord hubiésemos mandado un equipo de once personas, quienes recibieron una sola medalla. Si, animados por el espíritu salomónico, partiéramos la dichosa medallita en once partes para darle una a cada protagonista de la zoquetada, ahora sí, cada parte sería un onceavo de la medalla al undécimo lugar.
Es fácil colegir que no es lo mismo decimotercer o décimo tercer, que “treceavo”. Insisto, la palabra existe, como partitivo: “Tomé mi décimo tercer mes y lo distribuí entre mis trece acreedores; cada uno se fue contento con un treceavo de mi bono”.
Y hablando de irse, me voy, pero regreso el tercer domingo de este duodécimo mes.
Que la palabra te acompañe.