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Esa gente


"I have a dream that my four children, will one day live in a nation, where they will not be judge, dby the color of their skin, but by the content of their character".Martin Luther King.

Doña Pilar era viuda. Don Ricardo, su esposo, le dejó al morirse un hijo adolescente y casi la mitad del término municipal de su pueblo, entre dehesas, olivares y tierras de labor. Ricardito, el hijo único de doña Pilar, quería ser abogado y su mamá lo mandó a estudiar a Madrid. En la universidad, Ricardito conoció a Lidia, una estudiante cubana negra, de la que se enamoró y con la que se casó al terminar la carrera. Ricardito, convertido ya en don Ricardo, ingresó en un bufete madrileño y casi no aparecía por el pueblo.

Doña Pilar era muy caritativa. Una tarde estaban reunidas las Hijas de María en su casa organizando una colecta de ropa usada para los pobres. Ya habían consumido el té y las pastas cuando doña Pilar sorprendió a sus correligionarias con un exquisito licor de moras que hacían los frailes del monasterio de San Saturio. Así como iba disminuyendo el contenido de la elegante botella, iba aumentando la algarabía con que amenizaban las bondadosas señoras la monótona labor de clasificar y empaquetar aquellas prendas que repartiría el párroco entre los necesitados.

 

Tal vez fue la euforia etílica, la confianza de conocerse desde niñas o ambas cosas; el caso es que una de las concurrentes cometió la imprudencia de señalar un almanaque que colgaba de la pared mostrando unas africanas que bailaban medio desnudas, mientras le preguntaba a la anfitriona con evidente sarcasmo cuál de aquellas negras con las tetas al aire era su nuera. Doña Pilar saltó como una leona:

— ¡Cuando vayas a hablar de la esposa de mi hijo lávate primero la boca, porque ella será negra, pero puede empapelar esa pared con los diplomas que tiene y tú comparada con ella eres una analfabeta!

La insolente se levantó avergonzada, agarró su bolso y salió dando un portazo.

 

No había transcurrido un año desde aquel desagradable suceso cuando Martina, una de las cuatro empleadas de doña Pilar, le comunicó a su señorita que iba a casarse la próxima semana. Martina trabajaba en aquella casa desde que era tan niña, que tuvieron que hacerle un escabel para que alcanzara a lavar los platos. Doña Pilar preguntó sonriendo quién era el afortunado y Martina le dijo que Juan de Dios, uno de los hijos de Capote. Manuel Heredia, alias Capote, era un tratante de ganado natural y vecino de aquel pueblo, que había dedicado su vida a criar decentemente a sus tres hijos, pero ¡ay! era gitano. La cara de doña Pilar adquirió el mismo aspecto avinagrado que tenía cuando se burlaron de su nuera. Le dijo a Martina que la siguiera hasta el lujoso escritorio que fue de su difunto esposo y escribió algo en un cheque que le tiró sobre la mesa mientras gritaba:

— ¡Ahí tienes lo que te debo y no vuelvas a poner los pies en esta casa. No podré confiar en ti si tienes relaciones con esa gente!


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475159
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América