Vox pópuli los comentarios a voz callada de los errores ortográficos que por su magnitud y repetición se convirtieron en horrores de escritura, según se difundió a través de los medios de comunicación hablados y escritos, que cuentan que hubo deliberación que se elevó a categoría de tentación de declarar desierta la premiación de algunas categorías del prestigioso Premio Ricardo Miró, a causa de la proliferación de garrafales faltas de ortografía.
Es hermoso escribir, de hecho es una de las más apasionantes pasiones (valga la redundancia) que existen.
Los que tienen la habilidad, el ingenio, el talento de inventar historias que les surgen de lo recóndito y la airean como si nada, los que portan la agudeza de elucubrar cuentos, de dar docencia con ensayos aleccionadores, de tejer y entretejer novelas, de transportar con relatos fascinantes, de inspirarse y dar a luz obras de ingenio sin mucho dolor, de llenar teatros con guiones sorprendentes, pero caen en el precipicio de los vicios gramaticales y les son infieles al maridaje palabra sentido, corren el peligro de creer o crear una cosa y el interlocutor comprender otra, de manera tal que el tumulto de letras que se presentan ante el lector giran y toman un rumbo diferente al que el escritor supuso y su obra se convierte en otra que *él no reconoce y se niega a ser él el autor. Es algo así como respetar al lector. Nuestro reciente visitante ilustre, el Nobel de literatura Mario Vargas Llosa alguna vez dijo: “Nada enriquece tanto los sentidos, la sensibilidad, los deseos, como la lectura. Estoy completamente convencido de que una persona que lee, y que lee bien, disfruta muchísimo mejor de la vida, aunque también es una persona que tiene más problemas frente al mundo”.
Para muestra un botón: no es lo mismo decir Chicharito se volvió nada ante San Penedo que decir Chicharito se volvió un checherito ante San Penedo. No es igual expresar, en el Vaticano se dona Virgen que decir una doña virgen los acompañó; no es lo mismo escribir ramera que remera; brezo que brazo, tuvo que tubo; brisa que briza; bienes que vienes; suenan que sueñan; sien que cien; caza que casa; tampoco seno que ceno; pensar todo lo que se dice que decir todo lo que se piensa; seso que sexo; con sentido que consentido; cáncer de mama que cáncer de mamá; y así casado que cazado; el gobierno de Corea que el gobierno de Correa. ¿Y los signos de puntuación? No, te quiero que escribir no te quiero. Podríamos citar miles de parónimos, pero también echar mano de los desaciertos que escuchamos: recientemente una boxeadora, de las nuestras, que fungía como comentarista deportiva en una cartelera boxística comentó: “Quiere quedarse con el centro” ¿centro o cetro?
Es un problema endémico en el que todos clamamos por el antídoto, sistema educativo, educadores, padres de familia, profesionales de todas las ramas, sociedad entera, que dejamos pasar, como escuchar llover, el desastre inminente de la comunicación escrita, hasta que uno de estos días alguien grite fuego y nos achicharremos creyendo escuchar sueno.
*él: escritor o escritora.