En abril destaca una fecha importante para la literatura nacional: el 25, en homenaje al natalicio del gran Rogelio Sinán, se conmemora “El Día del Escritor y de la Escritora”, efeméride necesaria que se hizo realidad a partir del 2002, gracias al esfuerzo de personas e instituciones, pero sobre todo por la inquebrantable insistencia de Enrique Jaramillo Levi, quien jamás dejó decaer su afán por alcanzar esa meta.
En materia de literatura, de cultura, casi todo está por hacer; es una tarea que parece apropiada solo para gente excepcional, que no cree en imposibles. Ellos son también escritores, ya de por sí un oficio duro; pero, además, dedican tiempo a derribar murallas y, con las piedras, construyen escalas para que otros puedan subir. Son pocos, pero valen por cien, y encima deben soportar el eterno karma de que siempre les sale alguien empeñado en lanzarles peñones de kilo y medio. A ellos, y los conocemos bien, mis respetos.
Retomemos el tema de los escritores-estudiantes. No faltan quienes creen que la literatura es cuestión de señorones adustos, embebidos en disquisiciones retóricas. Pero, como decíamos la semana pasada, un número importante de jóvenes reclama un espacio propio en el panorama de las letras panameñas. Ya hablamos de Ramón Francisco Jurado (1979), Eloy Fisher (1981), Javier Alvarado (1982) y María Gilma Arrocha (1982). Hoy continuaremos con dos escritores que, desde la prosa y el verso, exigen su lugar: Gloria Rodríguez (1981) y Javier Romero (1983).
Gloria mereció, en el 2005, el Premio Darío Herrera, de la Universidad de Panamá, con su cuentario “Cartas al editor”, relatos codificados mediante claves contemporáneas, hábilmente mimetizados en el género epistolar, y que exponen muchos de los problemas sociales e individuales que agobian el ser humano de hoy. Destaca en el libro una intención sostenida de rendir tributo a la contemporaneidad y a los escritores de vanguardia.
Junto a ella, Javier Romero, poeta admirable por su conciencia del oficio, obtuvo similar galardón en el 2002, con su poemario “Delirio de la sangre”, al que seguirían nuevas preseas y dos libros: “Poemas para encontrar a un ser humano” (2005) y “Meditación en un laberinto y otros extravíos” (2006), donde el amor y la búsqueda interior sostienen una creación que augura al poeta pleno.
Sea esta una palabra de estímulo para esas nuevas generaciones literarias. Salud.
“Distínguete como panameño, lee a los autores nacionales”.