La mayoría de los padres de hoy en día tienen un tremendo problema: sus hijos. Me pregunto una y otra vez cómo llegamos a esta situación y se me escapa el momento justo en el que ser padre se convirtió en ser un cómplice de todo aquello que los dictadorzuelos a los que les diste la vida decidan. Ha habido un par de situaciones en estas últimas semanas que me han impulsado a hacerme esta reflexión, una de ellas es la fiesta que se celebró hace unos días, vida en colores se llamaba: los colores que se nos suben a la cara cuando nos cuentan algunas de las situaciones que se dieron allí. Como siempre, una vez que el toro ha pasado todos buscan culpables. Cuando en realidad es muy fácil encontrarlos: los culpables de que aquello se fuera de las manos con menores involucrados fueron los padres de los menores que les permitieron involucrarse. Así de sencillo.
Parece que aquí todavía no han descubierto la magia de la palabra más poderosa que un padre tiene a su disposición. Una palabra que es capaz de salvar a tu hijo de múltiples problemas y que a ti te ahorra montones de quebraderos de cabeza: no.
Tan sencillo como eso. No. No vas. Me importa un carajo que vayan tus amigos. Me importa un ardite que vayas a ser el único pendejo que te quedes en casa, ¿concierto masivo y sin control de entrada a menores? No vas.
Pero obviamente y a juzgar por los últimos acontecimientos, los que mandan ahora no son los padres, sino los hijos. ¿Descubres que tu hijo ha falsificado notas y lo defiendes? ¿Perdón? ¿Qué carajo está mal contigo?
Vamos a ser serios, señores, que un adolescente se la cague entra dentro del contrato de vida. Es lo que se supone que tienen que hacer. Tratas de estirar la soga hasta ver adonde llega, tanteas los límites de tu mundo, juegas con el peligro, te montas en la moto cuando te lo han prohibido, intentas ser más listo que los grandes. Ajá. Todos hemos hecho alguna. Hasta ahí hacen su trabajo de ser un grano en el culo de los padres. Pero, señores padres, ustedes están olvidando hacer su trabajo. El trabajo paterno es poner los límites y mantenerlos, cavar la trinchera y pegarles tiros a los chiricahuas que aúllan a su alrededor: ‘es que yo también tengo derecho’, ‘mis amigos lo hacen’, ‘es que los profesores me odian’. Usted, bien plantado y con el arma cargada, debe defender el fuerte del honor, la honradez y la bonhomía. Chiquillo, si mientes, te la cargas. Si engañas, te la cargas. Si robas, te la cargas. Si bebes y no debes, te la cargas. Si te drogas, te la cargas. Hay límites que no se deben cruzar, y si los cruzas, te la cargaste. Y cuando uno la embarra debe ser suficientemente grande como para asumir las consecuencias.
¿Tienes el valor de falsificar las notas? Pues yo tengo el derecho de expulsarte de la escuela, y él, como tu padre, debería tener el valor de apoyarme. Para que aprendas.
Pero para eso los padres tienen que tener las cosas claras y mucho aplomo. Y aceptar el castigo de sus hijos por el bien de los pelaos. ¿Qué aprenden si los castigan y tú les pones un abogado para que se libren?: que pueden hacer lo que les da la gana siempre que tengan dinero para pagarse un leguleyo que los libre. ¡Bingo! Ya hemos descubierto porqué las cosas en éste país van como van.