“El pueblo no elige a quien lo cura, sino a quien lo droga”.
Nicolás Gómez Dávila
Aquella república de nuestra América tropical tenía su cámara de diputados para darle barniz democrático a las leyes del tirano que se había adueñado de ella. También tenía su zona libre para darle barniz legal a las exoneraciones fiscales de los prósperos socios del dictador.
Roger Aurora, honorable diputado por uno de los folclóricos distritos indígenas de dicha república, se disponía a salir aquel día por una de las puertas de la Zona Libre a bordo de su soberbio “cuatro por cuatro”. El vigilante de aduanas, acostumbrado a vender su ceguera, atajó a aquel atrevido que pretendía paso expedito gratis. Roger, con el rostro rojo por la ira, increpó al irrespetuoso funcionario preguntándole de mala manera si no veía la placa de honorable diputado de su auto. El cancerbero insistió en cerrarle el paso y el honorable diputado, sin apearse de su exonerado vehículo, echó mano de su exonerado celular para reclamarle al director de aduanas:
—Hombre, Simplicio ¿cómo es posible que no instruyas a tus subordinados sobre los privilegios que el pueblo soberano nos concede a sus representantes cuando nos elige? Este idiota quiere meter las narices en un cargamento que llevo en mi carro para los sectores humildes de mi distrito. ¿Desde cuándo paga impuestos la mercancía destinada a fines humanitarios? Se salvó porque no cargo la metralleta; sino hubiera hecho como mi colega Michael Bruth cuando el pobre se vio obligado a encañonar al portero para poder salir de Zona Libre.
El director de aduanas dijo que lo sentía, pero que el escándalo que había armado atrajo a la prensa y, teniendo en cuenta que al Caudillo Máximo lo que menos le gustaba eran los escándalos, lo más prudente sería que por esta vez pagara el arancel, deduciéndolo, desde luego, de la partida que le asignaban para obras sociales.
Los funcionarios de aduanas revisaron las cajas de güisqui escocés, ginebra inglesa y habanos habaneros que abarrotaban la camioneta de doble tracción del honorable. Roger pagó de mala gana y salió del recinto franco con cara de mala leche. En seguida lo rodeó la nube de reporteros y camarógrafos que lo estaba esperando. Cuando un periodista le preguntó si no hubiera sido mejor repartir entre los depauperados indígenas de su distrito latas de sardinas o de leche evaporada, el inteligente honorable dijo:
—Sepan ustedes que el alcohol etílico y la nicotina son más beneficiosos que las proteínas para quienes los ingieren, pues la euforia que producen, al mismo tiempo que hace olvidar el hambre, los mantiene contentos y evita alteraciones del orden público.
El Caudillo Máximo oyó en el noticiero de las doce la sabia explicación de Roger Aurora y tomó buena nota. Cuando llevó al Parlamento el proyecto de un nuevo impuesto, los estudiantes y los obreros empezaron a cerrar calles y a tirar piedras. El astuto tirano, en vez de reprimir con perdigones y bombas lacrimógenas como era su costumbre, adelantó la fecha del Carnaval y sacó de la Zona Libre un par de contenedores llenos de botellas de guaro, que repartió entre los alborotadores. Pronto estuvieron todos bailando o durmiendo la juma indiferentes al hambre presente o futura, mientras los sumisos padrastros de la patria aprobaban impunemente las leyes impopulares.