“¡Oh viejo lobo que de la mar escapas y a la mar te vuelves!” Chucho Fernández
¿Por qué salimos en estampida cuando toca un fin de semana largo? Porque sí, porque es bueno; porque es diferente; porque supone un poquito de aventura; por la necesidad de volver añicos, una vez más, la rutina de la vida urbana. Porque nuestros cuerpos –que según se cree no tienen voz ni voto–, están tan ansiosos de oxígeno sin residuos de hidrocarburos que reclaman con un pataleo mental, empujando nuestras piernas al escape.
Playa, campo o montaña. Nos vamos fuera de la ciudad. De una ciudad de la cual tampoco podemos separarnos por mucho tiempo. ¿Acaso, cuando regresas después de un largo descanso y llegas a tu casa no emites un suspiro de alivio y reconocimiento? La vuelta al hogar es siempre una sensación bendita. El retorno a la ciudad bullanguera y maravillosa que tanto amamos.
Murmuro de mi ciudad, le sacaliño algunos pecadillos y aireo sus defectos. Rezongo, impreco, reniego de ella como si pudiera vivir sin su aliento. Lo malo que pueda tener Panamá, queda cubierto por este cariño santo y bandido que le tengo.
Pero quiero un poquito de playa de vez en cuando. Las nuestras desaparecieron. Se las llevó el concreto y la contaminación. Pero están envueltas en mis recuerdos. No iré a la playa de Amador, tengo resabios de pisar la antigua Zona del Canal. Conmigo parece que hicieron un buen trabajo los sheriff de antaño. No soporto pasear por esa área. Tal vez si rebautizaran sus calles con los nombres de los que murieron el 9 de Enero u otros tan olvidados como ellos, y se les diera, aunque sea una pequeña barriada a sus deudos, tal vez entonces me reconciliaría con la Zona. Pero no lo han hecho... ni lo harán. La venta de extravagantes propiedades a precios de sonrisa, dejó por fuera a los que perdieron a sus seres amados en el único, cruento y maravilloso enfrentamiento que tuvimos los panameños con el ejército más poderoso del mundo. A ellos no se les ha dado nada, nada, ni un cuadrito donde jugar guacho.
“¡Panamá del alma!”
No quiero poner en salmuera mis sentimientos patrios, por eso espianto para la playa. Lejos del tambor y la corneta. Lejos del celular y la tele. Me voy con la gente que amo, con los pulmones ansiosos, con los ojos abiertos a ver si toco el horizonte azul y escucho embelesado un bolero por la vereda.