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Este mundo también es mío

No creo que me vayas a reclamar si lanzo el papel aquí, de todas maneras pasará desapercibido entre las toneladas de desperdicios que arrojan los menos lúcidos de mis paisanos.


F ue una mañana que ya nunca borraré del calendario. Una de esas mañanas silenciosas, nubladas y frescas que por suerte todavía suelen pasear por mi barrio. Sin darme cuenta salí de la casa con dos papeles en la mano. Eran borradores de un mal cuento que se me había olvidado echar al canasto. Como había cerrado la puerta tras de mí, me dio pereza volver a entrar para meterlos en su debido lugar: la papelera. ¿Qué hice entonces? Los estrujé hasta formar la clásica pelotita. El solapado truhán que habita en mí me hizo mirar alrededor. ¿Dónde la voy a arrojar sin que me vean? No había acabado de formular esta pregunta cuando el policía de la conciencia se hizo presente. Me habló con suavidad, casi con cariño: «No seas tonto, Neco, no lo hagas, ¿no ves que todavía estás en tu casa y no debes ensuciarla?». Aunque era finita la voz de la conciencia, la escuché con claridad. Le contesté mentalmente: «Es verdad. No debo ensuciar mi casa». Por lo tanto, llegué hasta el carro con la crujiente pelotita. Entré, arranqué el motor y salí. Cuando estaba afuera, bajé el vidrio para deshacerme de la molestosa pelotita de papel, pero volví a escuchar la vocecita, esta vez la sentí un poco ronca: «¿Qué te pasa, no te das cuenta de que estás en tu calle...?». Aunque empezaba a fastidiarme la voz y me pesaba la pelotita, escuché la una y seguí apretando a la otra. Aspiré hondo. Tiene razón la voz, no voy a ensuciar mi calle. Salí a la Transístmica. Cuando iba frente a la cueva del Club de Leones me dispuse a tirar la distinguida pelotita. En eso vuelvo a oír la voz, que ya estaba declaradamente necia: «¡Ataja, idiota!, este es tu barrio, ¿o no?» .Otra vez tenía razón la condenada voz. Este es mi barrio, así que me contuve una vez más. Advertí que me estaba cansando el jueguito.

Puse en la radio mi estación favorita, la 88.5, donde todavía puedo escuchar una voz que sí me resultó deliciosa: la de mi difunta amiga Gladys Vidal identificando la estación. A continuación tocaron una vieja grabación de Glenn Miller, Moonlight serenade. Esto me calmó y me hizo olvidar la pelotita de papel que inconscientemente apreté con la mano izquierda por toda la Transístmica. Cuando llegué a la vía Ricardo J. Alfaro, vi que la hierbita de las isletas del centro de la avenida estaban bien recortadas y que los árboles han crecido con gracia, pero también noté infinidad de papeles y basura que los automovilistas arrojan con descarada irresponsabilidad. «Anjá», le dije al enano acusador que me habla desde adentro, «¿y esto? No creo que me vayas a reclamar si lanzo el papel aquí, de todas maneras pasará desapercibido entre las toneladas de desperdicios que arrojan los menos lúcidos de mis paisanos, ¿ah, qué dices?». Con voz agria Pulgarcito me respondió: «Hazlo si quieres, pedazo de alcornoque, pero nada más recuerda que esta avenida es tu ciudad, y si algunos estúpidos la ensucian es porque no tienen lo que tú todavía tienes: a mí, a tu conciencia». «Conque ahora me sales con eso» insistí, apoyado en los desperdicios que se veían a lo largo de la Avenida, «quiere decir que si voy por la Interamericana eres capaz de alegar que no debo tirar la basura, porque este es mi país, ¿ah?». «Así es ??"me contestó la voz??". Te cuesta, pero vas entendiendo poco a poco». A estas alturas había dejado de ser una vocecita y se había convertido en la voz de un diablo cojuelo y retador. Tras unos segundos de silencio, agregó en tono fulminante: «Si quieres imitar a los asquerosos animales que se revuelcan en sus heces o a los humanos desdichados de escasa inteligencia que arrojan basura por la ventanillas de sus casas, de sus carros, de sus mecedoras, de sus camas y de sus baños, allá tú». Y fue como si hubiera dicho "cambio y fuera". Comprendí que ya no hablaría más conmigo.

En ese momento recordé que mi esposa y varias amigas y amigos mantienen una bolsa de plástico dentro del carro para no arrojar basura a la calle... y sentí vergüenza. Por ellos y por la gran cantidad de buenos ciudadanos que no quieren ensuciar su ciudad, no tiré la bolita de papel. La apreté y la encajé entre el asiento y el respaldar. Paseó conmigo todo el día. Finalmente, al regresar a casa, la llevé con mucha pompa y estilo hasta la basura y metí dos puntos con ella. Fueron dos enormes puntos en mi basquetbol ciudadano.

 

Ya sé que con este artículo no salvaré ni una onza de vida; que no acabaré de un sablazo con siete de mis enemigos; que no recibiré loas ni aplausos ni veintiún cañonazos, ni siquiera me honrarán con la medalla de Sapitusé ni me confiarán las llaves de la ciudad; pero si con él logro convencer a uno sólo de mis lectores para que acomode una bolsa de plástico en la palanca de cambios de su carro y eche ahí sus cáscaras y pelotas de papel, entonces podría ser que el mundo, al que procuraré jamás ensuciar, me premie con un poroto.

Después de todo, este mundo también es mío.

 

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374939
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América