Hijo de la Villa de Los Santos. Pintor excelso hasta lo alto de la bóveda celeste. Raíz de una nacionalidad de parto difícil. Su nombre es inseparable de la tierra natal, del olor a sal y a las frutas del verano. Un espíritu robusto y tierno a la vez, atlético y casi un ala de águila desplegada. Ser humano íntegro al extremo. Amigo, colega y pilar de la plástica nacional. Con el don de la pintura y la vocación de la docencia.
Nos congratularemos siempre del panameño portentoso, y a la vez de una inusitada sencillez. De su férrea disciplina y de su exquisito dibujo. Del retratista excepcional y del paisajista de las orillas del mar, del viento, del árbol y la enramada, de la vida rural del Panamá del siglo XX. Su primera pintura la realizó antes de tener cuatro años y su primera exposición a los 16 años, en el Instituto Nacional. Impulsado por el maestro Roberto Lewis y de la misma vena pictórica entrelazada con Ivaldi, agua pura de los manantiales creativos y del aliento de Lolo Silvera y Alfredo Sinclair.
El 28 de diciembre de 2014, Juan Manuel Cedeño arriba al primer centenario de su nacimiento, de su paso amable por este mundo, de imprimir su huella profunda en el alma de nuestro país.
Le abrazo desde la memoria, como todos los que supimos admirarle y quererle. Con el honor de haber visto sus manos trazando líneas en un lienzo o conversando apasionado con su palabra de oro al evocar las infinitas posibilidades de la pintura. Una vida digna e íntegra, como las que necesita nuestra patria. Allí, en el altillo de la que fue su casa en la ciudad de Panamá, en su taller, aún está pintando Juan Manuel Cedeño, en la otra dimensión, en la de los inmortales.