A estas alturas de la historia hípica, no creemos que haya nadie que cuestione aquello de que los principales propulsores de esta actividad son los apostadores y los dueños de caballos.
Estos últimos -los dueños- son la base fundamental, puesto que sin su aporte e inversión en esta industria que le representa pingües ganancias, el resto de los componentes de la actividad -criadores, jinetes, preparadores, mozos, etc.- no tendrían razón de existir. Pero hay dueños y hay dueños.
Los hay comprometidos y los hay descuidados; los hay entusiastas y lo hay amargados; los hay serios y los hay cómicos; los hay constructivos y los hay destructivos y, así sucesivamente. Pero la mayoría son los buenos, los que en realidad se meten la mano en el bolsillo y contribuyen de manera concreta a la función social de proveer empleos dignos, y de suministrar diversión y entretenimiento a los amantes de la hípica.
A estos últimos es a quienes hay que dirigir los esfuerzos administrativos, las iniciativas legales y los incentivos que se gestionen.
A los que luchan para traer nuevos caballos a la competencia; a los que no dudan en contratar un jinete de afuera, cuando es necesario; a quienes asisten todos los años a las subastas, de aquí de allá; a quienes velan por el estado físico de sus equinos, proveyéndolos de buena alimentación y de los mejores cuidos, y los que hacen hípica de manera silenciosa y sin fanfarronerías. A esos hay que cuidarlos y aplaudirlos.
Los que no proceden así se salvaron que estamos en Panamá, porque si hubiera sido otro país, ya hubieran sido declarados como estorbo hípico.