La literatura infantil es una literatura sin edad. Sus cultores y promotores son además unos comprometidos, todoterreno, a prueba de la miopía, la de las instituciones...
En cuando a espacios por conquistar para la literatura infantil panameña, creo que hace falta que se renueve, se escriba, se publique en ediciones de calidad y se publicite adecuadamente en las escuelas, con los maestros, los padres de familia y, por supuesto, con los niños.
No será La Bella Durmiente, ni Cenicienta esperando por un príncipe rosado. La literatura infantil es una princesa con su bosque encantador que puede decidirse por el príncipe que le dé la gana, y cuando lo decida.
En su historia inmediata, con perdón de los olvidos, iniciativas heroicas se han realizado. Es menester mencionar la extraordinaria labor de doña Joaquina Pereira de Padilla, de Hena Zachrisson y el trabajo reciente de Patricia Alvarado, al frente de Piggy Press.
Somos ritmo y rima, la alegría del sonido disparatado y envolvente me permite jugar con las palabras y quedarme en esa fiesta del lenguaje y disfrutar el sin sentido desde la emoción. Las letras dedicadas a la infancia no es una cuestión de niños, los cuentos no son un producto humano ocioso. De hecho, llegamos a la madurez con los restos de la infancia en los bolsillos, y de manera recurrente hacemos referencia a ella… Entonces, ¿por qué no llenar de gratas memorias la de esa población que solemos llamar de manera impropia “los hombres y mujeres de mañana”?
El Medio Pollito surgió con el propósito de estimular la creación literaria de autores “profesionales”. Hacia 1990 fueron convocados, de manera equivocada, los escolares. En 2008 se hizo la rectificación necesaria, y se crea el Premio Nacional de Literatura Infantil “Carlos Francisco Changmarín”.
Comentario aparte merece el aporte de la poetisa y periodista Bertalicia Peralta. Gracias al Concurso de Cuentos para Niños, auspiciado por la Caja de Ahorros, puedo decir que la mayoría de los títulos importantes, que constituyen nuestra cuentística, son deudores de esa iniciativa.
No puedo olvidar la labor sostenida de Tilsia de Ortiz, quien desde La Estrella de los niños, cada domingo traía la novedad a los hogares panameños.
Las instituciones y las organizaciones dedicadas a este sector de la población están en deuda con la infancia, con la historia de la cultura panameña y con la literatura que se escribe para iluminar el corazón de los niños.