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Fábula de la última hormiga

Se fue apropiando con argucias y mentiras y amenazas de todo lo importante que había, dejando una estela dolorosa.


Héctor Collado (Escritor) / PANAMA AMERICA

Esta es la insólita historia de una hormiga común y corriente que lo quiso todo. Y casi lo logró.

Comenzó por organizar una especie de trinchera con bolitas de arena, barro y mierda mojada por su baba.

Dedicó mucho tiempo y solita a hacer las fundaciones de lo que vendría a ser su glorioso imperio. Pasó de los centímetros a las pulgadas y de ahí a infinitas medidas. No le fue bien a la primera, pero su brío lo hizo superarse. En un segundo impulso logró un poco más pero, otra vez, se vio derrotada en su propósito.

Pasaron horas de sudor y cansancio, nada hacía por inercia. Era una fría planificadora de espacios y recursos. Medidas intenciones la hacía llenarse antes los ojos que la barriga. Salpimentaba sus bosquejos… Se alimentaba de sal y hiel. De tarde en tarde se detenía a mirar cómo crecían los muros de su fortaleza. La comparaba con la estatura que le dejaba ver el sol en el ocaso. A la mañana siguiente, la miraba disminuida según la estación del sol. Entonces quería más.

Claro que aquella estructura no era mayor que las del resto de los hormigueros del patio, pero esa era su visión.

Cumplida la jornada de cierto día, se sintió completa y entonces empezó a blindar sus muros, derruyendo los muros ajenos, es decir los otros hormigueros se vieron diezmados por el afán canibalesco de nuestra hormiga. Comidas por la incertidumbre y el miedo, se alejaron del frenesí de aquella. Muchas hubieron de emigrar en un éxodo triste y desamparado que hoy todavía se repite. Largas filas repetidas, prolongadas se pueden ver todavía.

La hormiga se fue apropiando con argucias y mentiras y amenazas de todo lo importante que había, dejando una estela dolorosa en el patio.

Así es como debía ocurrir, según las proyecciones de . Había llegado el momento en que una sola torre coronaba aquella esquina. Una estructura singular era lo único que se dibujaba en el horizonte de su ego demencial.

La última hormiga

En la cúspide, la hormiga se sentía poderosa, única. Arrastrada por sus apetencias mezquinas y su mala entraña, lo había logrado. Se miraba como se quería, como se soñó hasta en sus más terribles pesadillas. A pesar de la angurria de la mayoría; a costa de mucho sacrificio ajeno, había logrado todo. Ya era la reina solitaria de nada.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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