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Felices para siempre


El viernes último el mundo se levantó expectante por la celebración de la boda real entre el príncipe William y Catherine Middleton. Ese entusiasmo de los espectadores del mundo fue el resultado de la expectativa que se fue creando durante las semanas previas.

Obviamente, nadie esperaba otra cosa que no fuera un sí de parte de la plebeya para con el hijo de la princesa Diana, con el cual se convertiría en duquesa y experimentaría, junto a su familia, una transformación de su estilo de vida.

Desde nuestra óptica, independientemente de que estemos de acuerdo o no con las monarquías y que estas hayan trascendido los siglos a costa del presupuesto estatal, lo importante de la ceremonia, y de todo lo que hubo alrededor de ella, es que se enaltece una tradición del pueblo inglés y todos lo celebran.

 

A pesar de que los novios en muchos aspectos mostraron que están acorde con sus tiempos, y como pareja dejaron atrás algunas prácticas ancestrales, en la ceremonia religiosa y el protocolo fueron fieles a su cultura y tradición.

Es decir, que aun este episodio que parece frívolo, ostentoso y desfasado, nos ofrece una lección de cómo algunos pueblos, a pesar de su desarrollo económico, su poderío militar y sus diferencias internas, se unen con orgullo para defender y resaltar aquello que entienden como propio.

El lugar donde se realizó la ceremonia nupcial, las calles, el ceremonial, la indumentaria, las carrozas, el desfile de los equinos y soldados con sus casacas rojas, entre otros detalles, no fueron más que una manera de reafirmar el espíritu nacional y el sentido de pertenencia de los ingleses.

 

Esa es la lección que debemos tomar y copiar de la boda que nos quitó el sueño a todos esta semana. Cuando volvamos a sentir orgullo por lo nuestro y entendamos que por encima de nuestras diferencias coyunturales está el orgullo nacional, entonces podremos aspirar, como William y Catherine, a vivir felices para siempre.


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679041
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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