En el estadio internacional de Yokohama, estos dos entrenadores sufrirán desde el banquillo, o a veces desde el borde del área reservada para ellos, mientras sus jugadores lucharán en la cancha por un nuevo título mundial.
Brasil, único tetracampeón del mundo, irá en busca de un quinto título sin precedentes, mientras que los germanos, tricampeones, tratarán de emular la hazaña que hasta ahora sólo lograron los sudamericanos.
Scolari, más conocido como Felipao o por el no tan cariñoso apodo de "el burro", depende de cómo esté jugando Brasil en ese momento, casi no tiene punto de comparación como jugador en relación a su colega alemán.
El ahora técnico de 53 años fue en su época un rudo zaguero en el sur de Brasil, que alentaba a sus compañeros de equipo a poner un práctica un estilo algo violento, basado en el rigor físico, antes que en la tradicional categoría brasileña para jugar al fútbol.
Eso queda demostrado en las exclamaciones y los gestos que hace Scolari desde el banquillo cada vez que juega un equipo suyo. En su apasionada búsqueda del éxito, aunque sea por cualquier medio, les grita a todos: al árbitro, a los jueces de línea, a sus propios jugadores y hasta a los periodistas. Felipao, quien nunca jugó para la selección brasileña, se hizo famoso por pedirle en el pasado a sus dirigidos que cometan más faltas sobre los rivales, que demoren el juego y que empleen cualquier tipo de artimaña con tal de ganar un partido.
De hecho, los resultados que ha conseguido en su carrera como técnico son impresionantes. Su éxito guiando al Gremio de Porto Alegre a la conquista de la Copa Libertadores de América y al campeonato brasileño en 1995 y 1996, en base a un estilo de juego físico, es incuestionable.
Tal determinación mental también es un gran factor en la psicología de Voeller. Once años menor que Scolari, el ahora técnico alemán pasó a ser entrenador luego de una ilustre carrera como jugador al más alto nivel.
La campaña alemana en la conquista de la Copa del Mundo de 1990 en Italia, cuando Voeller anotó el penal que decidió la final contra Argentina sobre el final del partido, fue el pico de su excelente carrera.
Ese gol decisivo también le sirvió para dejar en el olvido un desagradable incidente de escupidas con el volante holandés Frank Rijkaard durante ese mismo torneo.
Tres años después, Voeller integró el equipo del club francés Olympique de Marsella que se adjudicó la Copa Europea, y además acrecentó su idolatría en Alemania por mantenerse fiel junto a una selección que le tocó vivir algunas horas difíciles.
El famoso delantero, que también anotó en la derrota que sufrió Alemania 2-3 frente a Argentina en la final del Mundial de México "86, acumuló un total de 90 partidos internacionales para su país. A pesar de no contar con experiencia como técnico, la federación alemana le dio la conducción de la selección y ahora está a un paso de convertirse en el cuarto técnico germano campeón del mundo.
El éxito de Voeller, que en nueve meses le cambió la cara a un equipo que en las eliminatorias sufrió una humillante goleada de 5-1 como local frente a Inglaterra, es extraordinario.