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Fiera


Regresó del supermercado, y los gritos de Mauricio salieron a su encuentro, atravesando paredes y ventanas, hasta varios metros antes de llegar a la casa. Arrojó los paquetes que llevaba y corrió hasta la puerta. Entró desesperada. Nadie la vio salir, ni nadie tuvo el valor de asomarse.

Luego contaría que la sorprendió en el cuarto del niño, dándole de cuerazos con la correa del papá que estaba ausente, siempre trabajando también hasta tarde. Le hirvió la sangre. Si ella misma era incapaz de ponerle un dedo encima a Mauricio, tampoco iba a permitir que esa desgraciada, prácticamente una extraña para el niño, lo maltratara. ¿Con qué derecho desquitaba su impaciencia a golpes sobre el frágil y flaco cuerpecito del chiquillo, de apenas 8 añitos? Lo que pasa es que ella no sabe lidiarlo, no lo conoce.

Se abalanzó como una leona sobre su fiera. Jaló a la mujer por las greñas sin darle tiempo a reaccionar. La mordió y la arañó con desenfreno. Bien que se lo merece. De seguro pensó que nadie se mete con su pequeñín. No sería la primera ni la última vez que la veríamos defenderlo. La desarmó del pesado cinturón, y con ese mismo accesorio le rodeó el cuello y la arrastró fuera de la casa.

 

Cuando a eso de las nueve de la noche Ricaurte regresó del trabajo, encontró a su esposa pateando y golpeando iracunda la puerta de su casa, iluminada por los destellos de la sirena de una carro patrulla. Un par de vecinos trataban de serenarla sin acercársele; otros convencían a los policías de que el niño estaba mejor adentro; otros mirábamos complacidos. Todos aplaudíamos en silencio a Martina, la empleada.


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342725
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América