Datos
- 13-7 marca con la que terminó Panamá Oeste en la serie regular del torneo juvenil.
- .277 promedio de bateo colectivo de los “vaqueros” durante la primera fase.
- 3.051 porcentaje de carreras limpias de Oeste en los 20 juegos iniciales del campeonato juvenil.
El repicar de los tambores acompañó durante todo el partido los gritos que hacían vibrar las graderías. Era una fiesta verdeamarilla que no se detuvo hasta que al árbitro cantó el último out.
Panamá Oeste se midió a Veraguas, en el partido final de la serie regular del Campeonato Nacional de Béisbol Juvenil, en un escenario que convocó a decenas de fieles fanáticos.

El Justino “Gato Brujo” Salinas fue durante cuatro horas un fortín del que los veragüenses salieron doblegados (7-0).
Niños, jóvenes y adultos se enfrentaron sin pánico a la disfonía, con tal de que sus guerreros sintieran su total apoyo.

Las carreras llegaban y la algarabía de las barras estallaba.
En medio de la multitud, una madre, un primo o un padre lanzaba un colosal grito para dejarle claro al estadio que aquel chico que hizo una jugada importante era parte de su familia.

Cuando el encargado de anunciar a los peloteros pronunciaba los nombres, la celebración entraba en su punto de ebullición. Ese día más, porque uno de los “vaqueros” estaba de cumpleaños. Entonces los presentes entonaron al unísono una alta congratulación, mientras el jugador se enfrentaba al lanzador.
Los tradicionales cánticos de la jerga beisbolística también adquirían un ritmo propio, impulsados por los aplausos de la gente del Oeste.

En algunos tramos del encuentro, la dulce melodía de la banda de música de la escuela Guillermo Endara Galimani entraba en escena y regalaba a los presentes una mágica noche.
No había excusas para que la tribuna no saltara, a su alrededor los vendedores se paseaban con uno que otro platillo criollo que seducía los paladares y recargaba las energías.
Más y más anotaciones pasaban por la registradora, Oeste ampliaba la ventaja y los fanáticos se abrazaban, la ilusión que da la victoria se reflejaba en los ojos.
Sí, la velada fue vaquera, pero no faltó un osado veragüense que se atrevió a colarse entre la muchedumbre rival.
Ataviado con plumas en la cabeza y una camiseta azul, un hombre con tambor en mano cantaba y tocaba para sus adorados “indios”.
La batalla recordaba a la de David contra Goliat, solo que en esta ocasión el gigante fue el vencedor.
Las estadísticas dicen que ganó Oeste, pero el jueves el béisbol fue el gran triunfador.