Y no lo entendía, oigan. Pongámonos en contexto, dando clase yo, abro un debate entre los alumnos, ¿qué es la corrupción? Más que nada para ver qué tan claras tienen las reglas éticas y la línea divisoria entre lo que está bien y lo que está mal. Ella era comunicadora social. Y defendía a capa y espada que el Despacho de la Primera Dama, (una, la otra, cualquiera, todas, no importa) les mandase regalitos por el Día del Periodista. Eso no es venderse, decía. Eso no es comprar conciencias, decía. No hubo manera de hacerle entender que en el momento en el que las Primeras Damas no mandaban regalos a los médicos en su día, por poner un ejemplo, o a los pescadores en el suyo, en ese mismo momento ya deberíamos sospechar una intención oculta. No. Que no, que no. Que los periodistas se lo merecían y que aceptar los regalitos no era vender su conciencia. Pensé entonces que habría que actualizar los conocimientos sobre decencia y bonhomía en este país y resetear unas cuantas mentes obsoletas.
Pues estoy recordando esa anécdota hoy, mientras leo en un periódico las últimas noticias sobre la Universidad Nacional. Mientras reflexiono acerca de la educación en éste país. Mientras pienso en la falta que hacen aquí las carreras de humanidades, las asignaturas de latín, griego, ética, filosofía. Literatura bien dictada. Necesitamos de nuevo humanistas. Mentes abiertas que sean capaces de pensar, de relacionar hechos, de llegar a sus propias conclusiones.
Estoy pensando acerca de todo esto y leo que alguien dice, acerca del descenso en los alumnos en la Universidad Nacional, (una mente preclara, sin duda), que el problema es que en la UPAN las carreras son de cinco años y hoy en día la competitividad exige que en tres años te licencies y te lances al mundo laboral. Sin haberte preparado de verdad, pero con tu titulito en las manos, para que puedas anteponer con orgullo el nombre de ‘Licen’ al tuyo propio. El problema es éste, según ellos, y no que la universidad se ha convertido en una corte, en la que los tejemanejes y las intrigas sobrepasan a la docencia.
De esa fábrica de ignorancia atrevida salen los futuros profesores que perpetuarán la ignorancia, los rectores que mantendrán el statu quo a como dé lugar. Los ‘grandes estadistas’, los politicastros, los abogados…
Las personas que no saben nada de nada son fácilmente maleables, pero lo peor es que los analfabetos suelen mantener una astucia natural que, en algunos casos, los protege de aquellos que tratan de aprovecharse de su ignorancia. Pero aquellos que se creen los amos del cotarro, los que se creen que lo saben todo, esos caen como guayaba madura en las manos de los demagogos, que con un par de citas mal usadas y dos docenas de cifras toscamente manipuladas, los llevan al redil como a bueyes por la nariguera. Y encima piensan que ellos se comieron al tipo.
Analizo el estado del lugar donde supuestamente deberían enseñar a pensar a los futuros próceres y no sé si reírme o llorar. Pienso en todo esto mientras leo las últimas noticias sobre la Universidad de Panamá, revuelvo la mirada y siento espanto. Invoco a Palas Atenea, se me aparece con su lanza y su égida, me mira con tristeza. La invito a una cerveza, vamos anda, colega, deja a un lado la pica, suelta el escudo. Quítate el yelmo, arremángate el peplo y vámonos a tomar unas copas. En la cantina encontraremos a la nueva aristocracia, que ya no lucha en la palestra, ni discute en el foro.