La vida es una sucesión de etapas en donde la próxima es continuación de la anterior, y así sucesivamente. Los seres humanos hemos puesto una serie de marcas, basadas en hechos naturales, con el fin de no extraviarnos en el contínuum de las cosas comunes. Las estaciones, los ciclos en el cielo, los cambios en la naturaleza o en nosotros mismos, nos ayudan a esta demarcación que, vista de otra manera, es válida solo en nuestro planeta (técnicamente, el año terrestre es distinto al año marciano, o joviano). Incluso, desde el punto de vista cultural, las religiones nos imponen dataciones distintas sobre el mismo suelo que pisamos. No obstante, resulta imposible convivir apartados de las normas del calendario.
Finaliza el año 2008 y es oportuna una reflexión sobre el hito que marca tal división. Que haya sido un año bueno o un año malo, dependerá siempre de quién lo diga, porque el continuo al que nos referimos antes establece que lo que para unos fue tragedia para otros resultó una bonanza, y en ambos lados encontraremos siempre una multitud. Por eso, desde esta columna, enviamos un saludo afectuoso a los lectores de Día D, un suplemento que, sin dudas, puede contarse entre las cosas buenas que nos deja el feneciente año, y deseamos para ustedes que sus proyectos personales y sus mejores deseos se vean realizados en el 2009, y que estos sean aportes beneficiosos a la colectividad, en este Panamá que tanto necesita de nosotros.
En lo particular, y dado el carácter de esta columna, quiero finalizar el año agradeciendo a los poetas, por sus versos, sus voces de alerta y sus esperanzas; a los cuentistas, por hacernos ver el mundo a través de sus espejos, siempre sorprendentes; a los novelistas, por permitirnos entender mejor el mundo y de paso, comprendernos más a nosotros mismos; a los ensayistas, por enseñarnos y por recordarnos cuánto nos queda por aprender; a los dramaturgos, por remedar la vida en cada obra; a los periodistas, por esforzarse en mantenernos informados sobre lo bueno y lo malo que pasa en esta aldea a la que llamamos mundo y, por supuesto, a los lectores, que son la razón primordial de toda obra, porque un libro sin lectores es una carta dentro de una botella bogando sobre un mar infinito y sin edades.
Distínguete como panameño; lee a los autores nacionales.