A los equipos grandes les gusta hacerse de James Bond, esperar al último segundo para cargarse de heroísmo, rescatar a la chica, darle un beso y luego desactivar la bomba nuclear, salvando así al planeta y de paso su peinado.
Así fue ayer el Madrid. Cargado de heroísmo, hambre y ansias de plantar bandera.
Justo en el momento en que temblaba mi operación título (portada, contra, póster, gráfico y páginas 2, 3, 4, 5 y 24), apareció Robben al 87 y el Pipita Higuaín al 89 para decir: Mundo, no cambien las portadas, el Madrid es campeón.
Y lo es, y a pesar de que se sabía, es dramático por la forma en que ocurre, bajo la lluvia, la luna, las miradas del planeta y los sueños de una afición mundial que cantó las anotaciones como si fueran propias.
Se cantó el alirón, sonó hasta lo más profundo de la hinchada blanca.
Estos son los momentos donde el Madrid tapa bocas. Ya aseguraba un colega que un campeón cuando tiene hambre de serlo sale arrollador desde el principio. Segundos después llegaron los goles... Así es esto.
Siempre hay que arriesgar, es duro, y no por el Madrid, porque la historia la escriben los vencedores, igual sería con el Barcelona, pero hoy las portadas del mundo dan su sentencia.
El miércoles será otra historia, ya será solo por honor, bravura y sentimientos encontrados.
La Liga dice adiós, se va cerrando el telón y los actores ríen, al final los espectadores aplauden, porque la magia del fútbol sedujo corazones, conquistó chicas y salvó ilusiones.
Se acaba la Liga, es cierto, pero el fútbol nunca muere, es como la luna de plata que siempre coqueta saluda al ruiseñor en su ciprés dormido.