La maltrecha seguridad de los panameños me recuerda la obra “Fuenteovejuna”, pues nadie sabe identificar en procesos complejos quién o quiénes son los culpables de tantas muertes.
En la obra, que data del siglo XVII, se observa el abuso de poder y la falta de respeto por la población, especialmente por las mujeres, que son sometidas por hombres libidinosos, en este caso, por el comendador Fernán Gómez de Guzmán. En ese ambiente de desasosiego moral, político y social surge la voz de una conciencia colectiva que ajusticia al canalla y al ir a juicio y preguntar el juez: “¿Quién mató a Fernán Gómez de Guzmán?”, el pueblo en coro responde: “Fuenteovejuna lo hizo”.
Así, nosotros, los panameños vemos cómo estamos sometidos al abuso institucional y nadie se responsabiliza de nuestra gente alegre y pacífica quemada, envenenada, infectada; de nuestros niños asesinados por malas prácticas médicas, de la inseguridad pavorosa en nuestras calles… Si para cada crimen hubiera un castigo, si para cada culpable (tenga el apellido que tenga) hubiera una pena, entonces tendríamos certeza de justicia; pero lamentablemente no es así. Nuestra escurridiza justicia aprieta solo a los más tontos, a los que tienen menos saliva y, por ende, no pueden tragar conciencias.
Fuenteovejuna calla por ahora, pero llegará el día en que se desbordará el vaso de la ira; el día en que la violencia reemplazará a la paz y seremos una nación de angustia. ¿Estaremos esperando esa hora?
La impunidad es el caldo de cultivo del terror y la inestabilidad social. Se gobierna para generar tranquilidad y seguridad; no obstante, en nuestro país no cuaja ninguno de los dos conceptos. El afán de los gobernantes de ganar simpatías para mantener el control político nos ha llevado al despeñadero de la arbitrariedad, de la carencia de la mirada estadista, para sumirnos en una anarquía.
Me duele Panamá, hasta el fondo de esta angustia sin nombre, hasta la cumbre de esta injusticia que marca cada segundo de nuestra historia con lágrimas y estertores.
Con mi corazón en jirones de amor y de dolor, les ofrezco estas sinceras palabras a todos los panameños que hoy lloran la pérdida de uno o varios seres queridos, producto de esta inseguridad social que exige que se revisen nuestras conciencias, el Código Penal, la Constitución y toda ley o reglamento interno, de tal manera que jamás vuelva a reinar la impunidad.