No es solamente una cuestión de orgullo ni de amor por la lengua materna. Se trata de una concepción de la poesía, de una manera de acercarse a la obra literaria, de una visión del universo planteada en la obra de la poetisa chilena y de una particular forma de escribir, desde el humanismo, desde la sensibilidad misma, lo que me lleva a plantear esta apología, artículo contestatario que a 50 años del fallecimiento de Gabriela Mistral, quiere reivindicar la memoria y la obra de la más universal de nuestras poetisas hispanoamericanas.
Hace 14 años entrevisté a ese gran maestro de las letras panameñas, hombre ilustrado y versado en la literatura que fue don Rodrigo Miró Grimaldo, precisamente sobre este tema: el Premio Nobel Hispanoamericano.
Entre otras muchas cosas interesantes que me dijo (y que prometo publicar), don Rodrigo Miró expresó una verdad de puño: “Lo primero que uno tiene que hacer para hablar de un escritor es haber leído su obra. No dos o tres libros. Su obra. Y haber leído lo mejor o buena parte de lo que se haya escrito sobre él”.
En la larga lista de los ganadores del Premio Nobel de Literatura resulta claro que el tiempo ha pasado la factura a muchos de ellos confinándolos al olvido.
En 1986, el escritor y crítico francés George Steiner acusó seriamente a la Academia Sueca de Letras de “tener la costumbre de ignorar el genio y recompensar lo oscuro”.
Como es de suponer, Steiner habrá basado su juicio en la experiencia. Dos cosas parecen claras: o alguno de los premiados no es de su agrado desde su particular punto de vista o hace falta incluir a algún genio (o ambas posibilidades).
El caso de Gabriela Mistral, 1945 (Primera figura hispanoamericana, tercer escritor en lengua española y quinta mujer en recibir este galardón) no se debió al azar ni a la necesidad de llenar el espacio que le correspondía a Hispanoamérica, aún no considerada tras 37 concesiones desde su instauración en 1901.
Fue su obra, sin lugar a dudas, la que motivó la concesión del más preciado galardón de las letras hispanoamericanas.
Siempre cabe el planteamiento de que además de tal o cual escritor, el premio debió ser concedido a tal otro, más meritorio, se atreven a decir algunos.
Efectivamente, cuando Gabriela recibió el Premio Nobel en 1945 “por su poesía lírica, inspirada por poderosas emociones que han hecho de esta escritora el símbolo de las aspiraciones de la corriente idealista en Latinoamérica”, ya Borges y Neruda, más cercanos a la poetisa cronológicamente, habían publicado parte meritoria de su completa y destacada obra. Títulos como Historia universal de la infamia, Ficciones, Inquisiciones, Fervor de Buenos Aires, Crepusculario, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, España en el corazón, Residencia en la tierra, El habitante y su esperanza, eran del conocimiento del público. Para 1945, Paz aún no publicaba lo más significativo de su gigantesca obra; Vargas Llosa era un niño de 9 años, y García Márquez aún estudiaba su bachillerato en Zipaquirá.
Pero si fuera el caso de que todos hubieran publicado lo mejor de su obra, ¿ello demeritaría la obra de Gabriela Mistral? Seguramente, NO.
De hecho, elaborar un canon implica imponerse ciertas normas o criterios de predilección y de prelación. La obra literaria cuenta por su valor intrínseco, en sí misma, incluso con independencia del escritor.
Cien años de soledad vale no porque la escribiera Gabriel García Márquez o porque es lo “mejor” que se ha escrito en Hispanoamérica, sino porque la obra tiene sus quilates. De otro modo, ¿qué haríamos con el Mío Cid o con una decena de excelentes obras anónimas o de autoría aún dudosa?
Fue otra gran e indiscutible señora de las letras nacionales, doña Elsie Alvarado de Ricord, quien respondió de la siguiente manera al planteamiento de si la obra de Gabriela Mistral tenía o no sustento literario para haber merecido el Premio Nobel: “Claro que sí lo tiene. Gabriela Mistral tal vez no alcance la gran difusión que tuvo un Pablo Neruda –y cuando ella lo recibió dijo después que Neruda era el mejor poeta de la lengua española-, pero ella también, porque tiene una sensibilidad muy grande y mucha ternura, algo que no es común en la poesía ni de hombres ni de mujeres, además de mucha profundidad y una vida ejemplar”.
La obra de Gabriela Mistral ha sido traducida a las principales lenguas de cultura. Su fundamento sigue siendo el humanismo acendrado, la sensibilidad por el otro, el sentido religioso y ascético que de ella emana y su carácter universalista en aspectos como la niñez, la naturaleza, la maternidad, el amor filial, el amor de pareja, la mujer, Dios.
Si un escritor (ubicándonos en la posguerra) era hasta entonces desconocido fuera de su ámbito local, como podría serlo hoy pese a los avances de la Internet y de la televisión por cable, la calidad de su obra nunca se demerita.
Ni uno ni otro fue exactamente el caso de Gabriela Mistral. Es posible que en China, en Japón, en Arabia, en Indonesia y otros pueblos muy ajenos a nuestra forma de pensar, a nuestra cultura y a nuestra lengua, ella y cualquier otro fueran no solo desconocidos, sino, lo peor, no leídos por no ser traducidos. Pero en Europa, en América hispana y en Estados Unidos, incluso, su trayectoria de vida y su obra eran, para ese glorioso 1945, ampliamente conocidas en los círculos intelectuales y académicos.
No es cierto que su obra haya causado decepción alguna. Volvemos al punto de partida.
La obra literaria posee y conserva su legítimo valor, su valor “real” con independencia de la publicidad o de que (para la época, 1945) haya sido suficientemente traducida a otras lenguas. Sigue siendo objeto de estudio, porque ella, como Ibarbourou, Agustini, Storni, Loynaz, integra ese grupo del “boom” de la poesía femenina, que dio esplendor a las letras de Hispanoamérica, como quizá solo hasta entonces Sor Juana Inés de la Cruz lo había hecho.
Tal vez, determinados lectores sean ajenos a la sensibilidad que se requiere para abordar su obra -que no tiene ciertamente grandes pretensiones intelectuales, pues es fundamentalmente sencilla, con la fuerza incontenible del hablante lírico, con un fondo y una forma cuidadas con esmero-. Para ello, Hispanoamérica nos regaló, afortunadamente, al cerebral Borges.
El modo de sentir la obra literaria cuenta demasiado y es fundamental al momento de entenderla y, más aún, al momento de juzgarla.