El diccionario define la palabra fracaso como “falta de éxito ”. Es por esto por lo que se puede decir con toda convicción que, por cuarta ocasión, la selección de Panamá fracasa en un Mundial Sub-20.
Aún recuerdo cómo dos semanas antes del Mundial, Alfredo Poyatos, técnico de la Rojita, me miró con cara de asombro al preguntarle por soluciones para un equipo que no convencía con su juego. Según él, su escuadra andaba en perfectas condiciones y convencía a todo mundo. Pero el fracaso era previsible.
Las malas decisiones que se tomaron antes y durante el Mundial, como la destitución de Mario Méndez o los cambios de sistemas de juego, marcaron el camino de otro triste episodio de un combinado nacional en una cita mundialista.
Esta es quizás la eliminación más dolorosa. Y es que la gran generación de jugadores que presentó Panamá en este certamen era suficiente para ganar y avanzar de ronda. Pero no se hizo ni una ni otra cosa y, además, el equipo terminó sin anotaciones a favor, algo que no sucedió con ninguna de las tres selecciones mundialistas anteriores.
Después de lograr la clasificación al Mundial en Guatemala, sucedieron muchas cosas extrañas, que terminaron por manchar la imagen de dirigentes, técnicos y jugadores sin necesidad alguna. Era un momento para la gloria y terminó en pesadilla.