Deportes

Generaciones, ayer y hoy


Una noche de estas, comentaba con los estudiantes del Diplomado de Creación Literaria, de la UTP, los aspectos más relevantes que en este campo distinguen a una generación. Y recordábamos una sentencia muy aludida de José Ortega y Gasset (1883-1955) al respecto: “He representado a la generación como una caravana dentro de la cual va el hombre prisionero, pero a la vez secretamente voluntario y satisfecho. Va en ella fiel a los poetas de su edad, a las ideas políticas de su tiempo, al tipo de mujer triunfante […]. De cuando en cuando se ve pasar otra caravana con su raro perfil extranjero: es la otra generación”.

Era una forma metafórica, pero bastante precisa, de describir a las generaciones literarias de los siglos XIX y XX: Romanticismo, Realismo, Modernismo…, que en el mundo de las letras, donde poco mandan los límites políticos, vinculaban los presuntamente alejados intereses de José de Espronceda, Alejandro Dumas, Gustavo Bécquer, Tomás Feuillet, Amelia Denis, Gustavo Flaubert, León Tolstoi, Salomón Ponce, Emilia Pardo Bazán, Rubén Darío, José Santos Chocano, Darío Herrera, María Olimpia de Obaldía…

Poderosas razones amalgamaban tan disímiles plumas, en particular en un planeta que seguía siendo tan grande como lo concibieron los primeros navegantes. Las fuentes de conocimiento solían ser relevantes, pero pocas, y unas cuantas lecturas eran vínculo entre personas distantes, manteniendo su vigencia durante largos períodos: París era llamada “Ciudad Luz”, confiriéndosele atributos convocadores para toda la intelectualidad: no ir a París equivalía casi a no ser poeta. En un mundo tan ancho y ajeno, se abrevaba en los mismos pozos estrechos.

 

El hombre, junto a sus coetáneos, iba “prisionero” de esas influencias, aunque “secretamente voluntario y satisfecho”; claro, durante un tiempo. Pero el tiempo no se detenía a esperar a nadie; tampoco lo hace ahora, aunque en esos días por lo menos aguardaba más. Pronto saldrían los disconformes, los contestatarios, la “otra caravana” descrita por Ortega y Gasset, con nuevos modos de ver y de cantar a las cosas: era la siguiente generación.

La actualidad dicta modos de acción distintos; hoy, la inmediatez es la norma. Para el hombre contemporáneo, según donde se encuentre, es posible sentarse al frente de un televisor y presenciar la transmisión en directo de la letal invasión militar a un país de las antípodas, hasta que se aburre del espectáculo y cambia el canal. O pueden los lectores de Día D del pasado domingo coincidir con Pérez Reverte, cuando habla del crispado diálogo entre el capitán del naufragado Costa Concordia y un comandante de la Guardia Costera italiana, grabación que muchos también escuchamos al mismo tiempo que el articulista, sito en Italia, si no antes.

O, muy cerca, una cacica que comanda a belicosas huestes con un clic en su cuenta de Twitter; mientras al ministro de Estado que habla por televisión lo desmiente sin remedio un poblano que, “in situ”, le dice a la nación, en el mismo programa, que eso que el funcionario dice no está ocurriendo así. La inmediatez es la norma, y los abrevaderos del mundo de hoy son muy anchos y, aunque ajenos, nos dejan tomar sorbos y sorbos, dándonos la falsa sensación de ser sabios, de ser poderosos, de tener en la mano al tiempo y la distancia. Y pensando así, pensamos distinto; y si pienso, existo.

 

Conformar ahora una generación al ritmo de antiguos estímulos es imposible. Pero, congregados y disgregados al mismo tiempo, prevalece una frase de Ortega y Gasset, pues seguimos “secretamente voluntarios y satisfechos”. Hasta el día en que aparezca “la otra caravana con su raro perfil extranjero”.

Que la palabra te acompañe.


fecha edicion
old id
795294
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América