¡Mentira! Si en Panamá usted le está contando a alguien algún caso extraordinario, es muy posible que su interlocutor arquee las cejas y abra la boca para espetarle sin escrúpulos: ¡Mentira!
Cuando nuestros antepasados aún no habían perdido el pundonor hispánico y la palabra de una persona era expresión de su honor, lo que la hacía más valiosa que su propia vida, el que le dijera a alguien que mentía estaba expuesto a que el ofendido le arrojara el guante para retarlo en duelo, si no desenvainaba la espada y dirimía allí mismo el entredicho.
Aunque todavía hoy la palabra mentís se considera injuriosa, no creo que en nuestros prosaicos tiempos nadie pretenderá lavar con sangre una acusación de mentiroso, pero, desde luego, es de mala educación gritarle ¡mentira! a quien esté diciendo algo, por increíble que sea.