¡Qué carúncula tienes hoy!, exclamó Erdaiñe Marulanda al ver la erección rojiza de Prístino Claro que pulsaba como un metrónomo a destiempo. En la casetera sonaba una cinta de Lole y Manuel: "Yo te besaba tu boca / y tú mi pelo acariciabas / y las estrellas del cielo de felicidad lloraban". Prístino Claro acarició la cara y el cuello de Erdaiñe Marulanda con el dorso de los dedos índice y medio. Dicen que las mujeres con el cuello largo son muy sensuales, y tú pareces un Modigliani, le dijo. A Erdaiñe Marulanda le gustó la comparación y el halago, se subió encima de Prístino Claro y le besó el pecho, trazó un caminito húmedo con la punta de la lengua que desaparecía de inmediato. En el descenso se detuvo en el ombligo. Hizo círculos de diferentes tamaños y siguió hasta la rigidez hidalga de carúncula de gallo. Sostuvo en la mano la dureza masculina de Prístino Claro y le dijo que para ella era como un chupachús. Y jugando con el chupachús apostó que era capaz de cantar la segunda aria de 'La Reina de la Noche' de Mozart, con la 'flauta mágica' dentro de la boca. A pesar del obstáculo que ella misma se puso, Erdaiñe Marulanda lo hizo bien, y aunque no cantó en la misma tonalidad, sino en una más grave, los melismas y las ornamentaciones le salieron afinados.
Tuvieron un orgasmo simultáneo, polifónico lo llamaban ellos, espasmos intensos y monosílabos explosivos que sincronizaron con el final de 'Un cuento para mi niño', la canción de Lole y Manuel que escucharon juntos la vez que se conocieron: "rojos como los labios, de quien yo sé". A falta de un preservativo Prístino Claro se vino afuera, como convinieron. Erdaiñe Marulanda quedó con el vientre embadurnado y la cama con las sábanas húmedas de sudor.
Prístino Claro le tocó el vientre y con la mano mojada de su simiente le acarició los muslos, como barnizándolos. Erdaiñe Marulanda reaccionó con unos versos de Lorca que no recordó con exactitud: "muslos como peces, llenos de lumbre y frío". 'La casada infiel', dijo Prístino Claro. Erdaiñe Marulanda apretó con los muslos la mano que la acariciaba y pegando su cuerpo al de Prístino Claro, le susurró al oído "te va a morder el pez", y le mordió el lóbulo de la oreja con suavidad. Puso su mano sobre la de él, y como un lazarillo experto lo guió con destreza por los rincones que a ella le daban más gusto. Aquella vez, Prístino Claro aprendió cómo se toca a una mujer. Volvieron a gozar, polifónicamente.