Desde la dictadura de los militares y sus socios civiles en Panamá he sido muy sensible a lo que hace un gobierno en desmedro de los derechos ciudadanos. En consecuencia, desde hace cinco años he estado recopilando información sobre el arbitrario ejercicio del poder por el presidente George W. Bush y el vicepresidente Richard Cheney.
Mi atención se fijó en el panorama político de Estados Unidos desde la muy cuestionada elección de dichos señores, acrecentándose cuando el vicepresidente Cheney rehusó suministrar información sobre quienes lo habían aconsejado cuando formuló una política energética que favorecía a las corporaciones petroleras. Poco después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, entendí que los dirigentes de Estados Unidos, el Reino Unido, Israel y Australia habían armado una compleja maquinaria de mentiras para sustentar su proyectada invasión a Irak. Desde entonces mis archivos sobre el ejercicio arbitrario del poder en Estados Unidos se engrosan a una velocidad alarmante.
Como en Panamá Protesta hice un recuento y análisis de las protestas contra la dictadura de los militares y sus socios civiles y llevo años de estudiar el comportamiento de la oposición a la administración de Bush y Cheney, me propongo hacer una breve comparación entre ambos.
Los panameños se oponían a una dictadura militar que imponía su control sobre el país por medio de las armas. Quienes se oponen al gobierno Bush-Cheney no confrontan una dictadura militar. Todavía no se presenta la represión como se vio en Panamá. Pero, bajo la rúbrica de la lucha contra el terrorismo global, puede darse. El gobierno, además de mantener una lista arbitraria y secreta de personas que no permite viajar por avión, intercepta sin cortapisas las comunicaciones de ciudadanos americanos y mantiene una estricta vigilancia de las manifestaciones en contra de las políticas del gobierno Bush-Cheney. Al respecto, hace poco se supo que un brazo del Pentágono, el Counterintelligence Field Activity (CIFA), hizo un reporte detallado de una inocente manifestación contra la corporación Halliburton, empresa que jefaturaba el vicepresidente Cheney y que ha sido la principal beneficiaria económica de la ocupación de Irak.
No obstante, hasta el momento sólo se puede acusar a dicho gobierno de ejercer el poder arbitrariamente en beneficio de la clase más adinerada a espaldas del pueblo. Como hay elecciones--aunque existen pruebas de que en Florida en el año 2000 y en Ohio en 2005 fueron fraudulentas-el régimen Bush-Cheney necesita recurrir al poder de la persuasión para ganar las contiendas electorales.
La Casa Blanca se mantiene en el poder mediante el ocultamiento de la verdad, el llamado "spin" trucos ingeniados por especialistas en relaciones públicas como Karl Rove para desviar la opinión pública-y el control velado que ejerce sobre los medios de comunicación masiva. La prensa y la televisión están en manos de unas cuantas corporaciones que dejan pasar las mentiras consuetudinarias de los gobernantes. Las voces de denuncia y protesta son aisladas y marginadas. Algunos columnistas se atreven a decir la verdad, pero en general, los editoriales y reportajes son tímidos y el periodismo investigativo ha pasado de moda. Además, algunos medios de comunicación pública no han tenido el valor de denunciar las medidas de intimidación o discriminación a que han sido sometidos por el régimen de Bush-Cheney. Por lo tanto, en última instancia, la manipulación de la información sostiene al régimen Bush-Cheney en Estados Unidos mientras que en Panamá durante la dictadura militar, ese papel lo desempeñaba el poder de las armas.
Así las cosas, el pueblo de Estados Unidos desconoce su realidad política y según parece, la mayoría no hace un esfuerzo para informarse mejor. Pero eso no se puede decir del pueblo panameño durante la dictadura de los militares y sus socios civiles. En la primera década, cuando la Guardia Nacional mantenía una censura férrea con un total control de los medios de comunicación a la vez que transmitía una avasalladora propaganda, la gente buscaba enterarse de lo que realmente sucedía en el escenario político. Por ejemplo, los programas radiales de los pocos comentaristas que se atrevían a deslizar críticas contra la dictadura eran los más escuchados. Era tal su influencia que los militares tomaron medidas de fuerza para callarlos, siendo un ejemplo el caso del padre Medrano que fue expulsado del país. En la segunda década, cuando apareció el diario La Prensa, las columnas de Guillermo Sánchez Borbón eran de lectura obligatoria a nivel nacional.
Además, se vislumbra una diferencia cultural entre los pueblos de Estados Unidos y Panamá. Los gringos no están acostumbrados a cuestionar a su gobierno. Relativamente pocos buscan la verdad cuando el gobierno hace todo lo posible por ocultarla. Pero los panameños sí cuestionan a su gobierno y lo hacen vigorosamente, quizá porque nuestra trayectoria democrática ha sufrido tantos vaivenes. Sin embargo, hay que admitir que durante la dictadura de los militares y sus socios civiles, la oposición tenía una ventaja sobre su contraparte en el norte. Un gobierno regentado desde los cuarteles comprobaba en todo momento que el pueblo panameño vivía bajo una dictadura militar.
En cuanto a los dirigentes políticos, en Estados Unidos las figuras más destacadas el partido demócrata sí están enterados de la cruda realidad-que el "spin" de la Casa Blanca no solo encubre la entrega del país a las corporaciones, sino que los republicanos están instaurando medidas estructurales para mantener a su partido republicano en el poder por muchas décadas.
Sin embargo, los políticos de la oposición han mostrado una cobardía difícil de comprender. Por ejemplo, cuando el Presidente Bush buscaba la aprobación del Congreso para invadir a Irak, el senador demócrata Robert Byrd se quejó de ausencia de debate sobre la insólita política de atacar preventivamente en violación de las leyes internacionales y de la Carta de las Naciones Unidas. En la campaña electoral del 2004, cuando era obvio que Bush y Cheney habían alegado falsamente que era necesario invadir a Irak porque poseía armas de destrucción masiva, en vez de desenmascararlos, los candidatos de la oposición, John Kerry y John Edwards evadieron el tema. Luego, ante pruebas de que les habían robado las elecciones mediante un fraude en Ohio, no alzaron su voz en protesta. Hace pocos días, a razón del proceso de ratificar como juez de la Corte Suprema a Samuel Alito--firme creyente en aumentar el poder de la presidencia en desmedro del Congreso-hasta el senador Byrd ha claudicado.
En Panamá, en la segunda década de la dictadura cuando era más factible protestar, no se puede decir que los dirigentes de los partidos de oposición fueron pusilánimes. Después de los fraudes electorales de 1984 y 1989 protestaron a pesar de que arriesgaban sus vidas. Como dije en Panamá Protesta , en 1984 les faltó efectividad y algunos aceptaron el fraude para acomodarse como legisladores, pero sí protestaron y hasta participaron en multitudinarias manifestaciones de protesta. Después del fraude de 1989, sus valientes protestas fueron conocidas a nivel mundial.
Ahora, comparando reacciones de dos pueblos distintos a dos fenómenos distintos--la oposición a un régimen caracterizado por el arbitrario uso del poder en Estados Unidos con la oposición a una dictadura militar en Panamá--nos encontramos con un resultado similar: un escenario político nacional reducido a protestas por pequeños grupos y ciudadanos aislados.
En Estados Unidos, el "spin" de la Casa Blanca y el control que ejerce sobre los medios de comunicación masiva, ha tenido como resultado que la oposición sea por individuos que aprovechan la comunicación por Internet para informarse e informar a otros, y sectores relativamente insignificantes del partido demócrata. Igual ocurrió en Panamá durante los primeros años de intensa persecución y represión. El terror logró que las protestas se redujeran al nivel de individuos y pequeños grupos aislados. Para sobrevivir económicamente o legalmente, sectores tan importantes como la empresa privada y las asociaciones cívicas se abstuvieron de confrontar al gobierno de los golpistas. Inclusive, muchos aprovecharon las oportunidades económicas y políticas que ofrecía el gobierno de fuerza.
En esta comparación hay otro resultado similar. Cuando las instituciones que deben velar por la ley y los derechos ciudadanos han sufrido un enorme desmedro, se da un aumento vertiginoso de la corrupción y esta corrupción sirve como freno a las protestas de sectores importantes.
Inclusive se dice que los dirigentes del partido demócrata no se ponen de pie para decir cuatro verdades porque se reciben donaciones de las mismas corporaciones que pusieron a Bush y Cheney en la Casa Blanca.
A fin de cuentas, el ejercicio de poder arbitrario en Estados Unidos y la dictadura de los militares y sus socios en Panamá, han producido sociedades discapacitadas porque la defensa de la ley y los derechos ciudadanos cae sobre los hombros de los sectores de menor poder mientras que al mismo tiempo, sin cortapisas, la corrupción va en vertiginoso aumento. Esta conclusión me trae a la memoria algo que me dijo el Dr. Arnulfo Arias Madrid en enero de 1981. Cuando le pregunté cuál en su opinión sería el efecto más duradero de la dictadura militar, me respondió inmediatamente: "la corrupción."
En otras palabras, solamente mediante la cultura podrá el hombre extirpar definitivamente de sí --y dejar el pasado atrás, como una larga y mala noche-- todo vestigio de animalidad y salir del estado larvario, para convertirse en paradigma de sí mismo y siquiera vislumbrar alguna vez el contorno y las luces de la utopía.
En los años sesenta, abundaban los poetas en la Universidad de Panamá, no así los cuentistas. Había una veintena de poetas y sólo dos o tres narradores o interesados en el cuento, entre los cuales estaba Pedro Rivera, aunque éste más bien era conocido y reconocido como poeta, pues incluso había publicado ya dos conjuntos de poemas: Panamá, incendio de sollozos (1959) y Mayo en el tiempo (1963). Ese interés suyo en la narrativa corta cristalizó luego en el volumen Peccata minuta (Premio Miró de 1969). Posteriormente, Recuentos (1988), Las huellas de mis pasos (Premio Miró de 1993) y Crónicas apócrifas de Castilla de Oro (2005) han evidenciado y distinguido su continuidad en el quehacer narrativo.
Como es natural y comprensible, en un acto como este --máxime si existen limitaciones de tiempo-- no es posible intentar un examen siquiera somero de los tres volúmenes de narraciones que nos ocupan ni, mucho menos, ponerse a considerar aspectos o detalles de algunos de los cuentos. Esas tareas quedan para los lectores y los críticos.
Sin embargo, sí es factible y conveniente señalar, grosso modo, que en los cuentos de Pedro Rivera, al igual que en sus ensayos, todo gira en torno a lo que constituye su preocupación toral o primigenia: la condición del hombre. Esto, que era perceptible en sus cuentos iniciales, se ha mantenido a lo largo de los años y es patente en los textos últimos.
En otras palabras, el poeta juvenil no difiere del poeta y narrador adulto ni del ensayista maduro. Si fuéramos proclives a los pasatiempos y usáramos una paráfrasis teológica, podríamos decir que son tres etapas o perspectivas distintas de un solo autor verdadero. Tres formas o tonalidades de percibir al hombre en el mundo.
El décimo mandamiento del famoso "Decálogo del perfecto cuentista", del maestro uruguayo-argentino Horacio Quiroga, indica: Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno.
Al parecer, el panameño Pedro Rivera tomó en cuenta estas palabras del gran escritor rioplatense a la hora de escribir los cuentos que esta noche ofrecemos a la atención de ustedes. Se puede pensar lo anterior porque, cuando se leen las narraciones contenidas en Peccata minuta, Las huellas de mis pasos y Crónicas apócrifas de Castilla de Oro, se tiene la impresión de que el autor está (o, por lo menos, estuvo) en el ámbito presentado en ellas. Y esto --aunque al decirlo pueda sonar a mera cortesía o a lisonja de amigo-- no es poca cosa en el plano de la creación literaria. Quiere decir que el texto posee y transpira verosimilitud, una cualidad que todo escritor serio y consciente de su arte anhela conseguir, ya que, como bien señala Quiroga en el mismo mandamiento: "No de otro modo se obtiene la vida del cuento."
Un rasgo distintivo en las narraciones de Pedro Rivera es la ternura: una especie de niebla afectiva envuelve los seres y las cosas. Los personajes, sobre todo los marginados, los desvalidos, los del submundo --sean pícaros, prostitutas, boxeadores, pordioseros o simples bichos del arrabal-- no inspiran repulsión ni lástima, sino solidaridad. Quizás por eso en estos cuentos sentimos que las mujeres, los niños, los jóvenes, los viejos y hasta los animales pertenecen a una sola y antigua familia, que no es otra que la nuestra.
A fines del Siglo XIX, en Rusia, Fedor Dostoievski hablaba de "las pobres gentes", de los "humillados y ofendidos". Por la misma época, en nuestra América, el siempre luminoso José Martí quería echar su suerte con los pobres de la tierra. Y ahora, en los albores del siglo XXI, en este pequeño país llamado Panamá, encontramos en el escritor Pedro Rivera una línea análoga de inquietudes e impulsos altruistas y solidarios.
¿Qué significa esto? Significa que la esencia del humanismo no conoce fronteras, que los desvelos en pro de la erradicación de toda forma de opresión, de intolerancia y de injusticia se extienden en la geografía y en el tiempo y son compartidos, continuados y enaltecidos por quienes creen en los valores y en las potencialidades del hombre, por quienes abrigan la convicción de que, a pesar de todos los pesares, la especie humana conquistará el futuro.
Esto es, en síntesis, amigos y lectores de Bocas del Toro y de todas partes, lo que el poeta Pedro Rivera nos dice en sus ensayos y en sus cuentos.