¿Para qué sirven los puentes? Para llevar progreso a unos, a otros los conectan con el mundo. Incluso, hay puentes que salvan vidas, que inspiran amores y otros que cambian el destino de la humanidad; que fueron campo de batallas y hasta sirvieron de escenario para consolidar la paz.
Es decir, que construir un puente siempre es una manera de acercamiento físico, cuando aludimos a esas estructuras de hechura variada, ideados por el hombre para satisfacer alguna necesidad comercial, humanitaria y hasta bélica.
Pero hay puentes intangibles, que no vemos y que están ahí. Son los puentes del alma. Son aquellos que nos mantienen ligados al terruño, a la familia y a lo que somos. Están siempre ahí para que volvamos sobre ellos y para ayudarnos a recuperar la senda y no olvidar de dónde provenimos.
Estos son los puentes que no debemos dejar caer, que no debemos dejar al azar y que, en la medida de las posibilidades, hay que reforzar sus bases y sus estructuras cada vez que se pueda.
Esos, los puentes del alma, de la conciencia y del compromiso son los más difíciles de erigir y también son los que ceden fácilmente ante la presión y el descuido.
Estos últimos están siendo amenazados por un nuevo tipo de puente: Los días puente. Sí, puentes que a diferencia de los otros, no nos acercan a nada, sino que se han convertido en una suerte se somníferos que aquietan nuestras conciencias y duermen nuestro espíritu.
Días puente que no nos unen a otra cosa que no sea el olvido y a la pérdida de la memoria histórica. Días puente que sirven de corredores a la insensibilidad, a la confusión de quienes nunca aprendieron el significado ni la relevancia de ciertas fechas que son el piso sobre el cual se asentó lo que somos ahora.
Entendemos y hasta aceptamos la razón de ser de los días puente, pero eso no significa que pasemos por alto que a través de estos corremos el riesgo de no llegar a ningún lado o, en el peor de los casos, caminar hacia el suicidio, porque también los puentes sirven para ese despropósito.