¿Quién dice que no es posible que ocurra cualquier cosa, incluso los malabarismos literarios más sorprendentes, una vez estamos inmersos en el inconmensurable ámbito de la ficción, siempre y cuando se logre una dosis suficiente de verosimilitud? Los imprevisibles laberintos de la escritura, como los de la realidad, admiten todo lo razonable, y hasta lo irrazonable y descabellado, siempre y cuando sus avatares le resulten auténticos tanto a quien crea la obra como a quien la vive a través de la magia de la lectura. Además, es sabido que hay un punto, sutilísimo, en el que los grados de realidad y de irrealidad se funden y confunden, al grado de que ya no es posible diferenciarlos; y esto es aplicable a la sencillez pero también a la densidad de la experiencia humana que alimenta a la ficción literaria tanto como al acontecer cotidiano mismo del cual aquella procede.
Una buena novela, como todo buen cuento, participa de estas premisas fundamentales; es más: éstas son las reglas del juego que explican y justifican su mismísima existencia. Para ello, las experiencias vividas, los acumulados conocimientos, la fuerza de la imaginación y el dominio del oficio escritural resultan indispensables, y sólo un creador de talento logrará combinarlos con la adecuada dosis de eficiencia y credibilidad. De otra forma, escribir sería un acto ocioso e intrascendente, y para el novelista o cuentista, el diario vivir no pasaría de ser una experiencia rutinaria y pasajera. Esto es así porque quien crea genuinas obras literarias en más de un sentido vive en función de su arte y escribe en aras de interpretar a fondo la vida y trascenderla.
En el reino de la ficción no hay diferencia alguna entre la sinrazón y la lucidez cuando los comportamientos y las angustias, los ideales y las fobias, las acciones realizadas y las imaginadas, justifican que un personaje oscile en su mente o con sus actos entre estos dos estados de conciencia, que no siempre pueden verse como polos o extremos de una manera de ser. De igual forma, la ambigüedad y las contradicciones pueden ser parte indisoluble de situaciones que se manifiestan en novelas y en cuentos en los que el autor, creyendo manipular los hilos creativos, termina siendo manejado por la actuación inconsulta de sus personajes. De ahí que no sea infrecuente escucharles a los escritores la expresión “se me fueron de las manos” con respecto al desarrollo de determinados personajes, quienes al igual que no pocas veces ocurre también con sus epígonos humanos, hacen su voluntad sin medir las consecuencias. Es como si, impelidos por un impulso individual, único, unos y otros se rebelaran contra sus creadores o frente a un supuesto destino previamente trazado para ellos, y terminaran siendo, literalmente, como se les pega la gana.
Si por definición resulta imposible no vincular el término “ficción” a la idea de mentira, farsa, invención, simulacro o engaño, esta acepción sólo puede entenderse así con relación a conconceptos extraliterarios como “verdad” y, a veces, “realidad”. Es decir, que para el común de las personas, frente a lo que es cierto o factual, la ficción vendría a ser una especie de falsificación, incluso de desvalorización de lo que se tiene por indudablemente real. Y esa verdad o realidad, como punto de comparación y contraste, siempre está “afuera”, más allá de la obra literaria, en un plano de certeza no sólo confirmable siempre sino incluso paradigmático. Pero resulta que en la práctica, en el mundo exterior, en el mundo que se tiene por “real”, no existe “realmente” tal certeza, tal realidad “real”, sino una cambiante y muy personal percepción de su condición o naturaleza. Porque el mundo –sus infinitas manifestaciones-- suele ser visto, sentido y pensado, por quienes en efecto lo viven, como un ente fluido, maleable, perfectible. Además, cada quien lo vive a su manera. Exactamente como viven los lectores las obras de ficción que, con la inmediatez e intensidad de muchas de sus historias, los atrapan y obligan a sentir y a pensar.
Es fundamental entender que un buen escritor es un artista que aspira a la perfección sabiendo que ésta no es totalmente posible, que siempre tendrá fallas, grietas, fracturas, imperfecciones. Igual que sucede con los seres humanos en su cotidiana inmersión en sus vidas. Es más, la ficción, como la vida misma, está hecha, precisamente, de una serie de fisuras conceptuales y de honda o trivial vivencia individual o colectiva, que las convierte en alter egos la una de la otra. En este sentido, la ficción bien entendida no es más que la otra cara de la moneda de la vida; y viceversa. Por eso mismo, no hay –no debe haber- demérito alguno en el hecho de escribir novelas o cuentos como una forma de auscultar la realidad desde la ficción, ya que ésta se crea siempre –por más imaginativa que pretenda ser—desde la médula vital misma de la realidad. Así es, no puede ser de otro modo, ya que son instancias complementarias.
Crear para la novela un mundo que funcione con reglas propias a través de ciertos ambientes y situaciones en los que estén inmersos personajes creíbles cuyas historias se vayan desgranando poco a poco desde la perspectiva de uno o varios narradores, es apenas un nivel, el más obvio, de lo que entraña la hechura de este género literario. Pero en la práctica el conjunto de las cosas que ocurren es tan importante como la manera en que los sucesos se van desarrollando. Esto significa que en la obra necesariamente subyace determinada estrategia narrativa cuya eficiencia permite la trabazón armónica de cierta trama, de gradual desenvolvimiento, con todos los demás aspectos. Quiere decir, asimismo, que detrás hay un oficio, una malicia, una intencionalidad de parte del autor.
Sin embargo –como señalé al principio--, al igual que a menudo sucede con los hechos que suceden en la vida, no es inusual que en la ficción también vayan surgiendo circunstancias imprevistas; sucesos que, colocándose fuera del control de su creador, terminan encontrando su propio acomodo. La etapa final, de revisión y pulimiento del texto todo buscando perfeccionar detalles de fondo y forma, ya viene siendo en cierto sentido pura carpintería, aunque sin duda resulta indispensable para el lucimiento de la novela, la cual, por cierto, suele construirse por acumulación.
En el cuento, por otra parte, es generalmente un aspecto más ceñido de la experiencia humana el que un autor recorta y examina en profundidad en su relato: una parcela, un segmento, una “tajada de vida”. Aquí la contención anecdótica y la economía del lenguaje son elementos cruciales para que una historia tenga el efecto adecuado; un efecto que a veces resulta sorpresivo en su desenlace e, incluso, fulminante. Cuando esto sucede, se dice que ha ocurrido una epifanía: un descubrimiento o revelación. Por tanto, este género exige no andarse por las ramas; requiere una gran capacidad de síntesis y de sugestión, de tal manera que la flecha del asunto tratado viaje velozmente por la apretada trama, atraviese el indispensable conflicto y llegue pronto e impecablemente al blanco.
Los dos grandes géneros narrativos de la literatura universal siempre han sido la novela y el cuento, si bien se han cultivado también ampliamente otros géneros afines: el relato, la fábula, la leyenda, la parábola, el cuadro de costumbres, la crónica y el testimonio, entre otros. En todos ellos, quiérase o no, la ficción busca hacerse pasar por realidad y ésta por ficción. Para ello, la memoria y la imaginación de quien escribe se imbrican de tal forma que se vuelven complementarias e inseparables. Pero es el hálito poético del autor, junto a su destreza formal, lo que les da su misterio y su encanto a las historias que se cuentan, ésas que el lector sensible habrá de descodificar metiéndose de cabeza en la obra durante el mágico proceso de la lectura.
Desde sus inicios más remotos en la literatura oral, contar historias representó un hábito cotidiano y, a la vez, un placer tanto para quienes relataban como para quienes escuchaban atentamente la narración. Contar de forma imaginativa la peripecia humana, con el lenguaje apropiado, de la forma más amena e intrigante posible, no estaba reñido con la búsqueda de una semblanza realista que pudiera ser reconocida y aceptada por el receptor. La misma ecuación, que busca sembrar cierta básica verosimilitud, continúa vigente hoy en día cuando de crear obras de ficción literaria se trata. Así, la ficción se torna real cuando se la percibe como tal, pero esto a su vez depende del talento del autor y de la sensibilidad del lector.