En el antiguo colegio La Salle, encerrados en ese sólido edificio de barrocas coqueterías, estudiaron mis tíos Monono y Pepei; más tarde matricularon a mis primos Toñito y Jorge Ricardo Riba. Y, claro está, arrastrado por la corriente familiar, también pasé por esas aulas. La regla no escrita en el colegio era que los familiares mayores cuidaban a los menores: que no se pavearan, que fueran derecho a casa, que a la salida, al romper filas, no se trenzaran a golpes con otros en el callejón de los meaos (y si lo hacían y el contrincante era más grande, por supuesto, defendían al menor). Así, recuerdo que una vez Toñito le pegó a un mayuyón que me pegó a mí. Por mi parte, me tocó defender a Cuchungo cuando uno de los bravucones de su salón lo casqueó. No hice sino seguir la costumbre. Aquella vez le dije a mi primo que en vez de Cuchungo deberían llamarlo Puchungo. Me contestó: «Si quieres, no me defiendas más, pero no voy a cambiar mi nombre». Ni de chiquito era fácil amedrentar a Cuchungo.
Muchos años más tarde, durante su segunda campaña para presidente, salió una cadena por Internet que intentaba burlarse de la tarjeta de presentación de Cuchungo en la que sus datos se veían flanqueados por Don Quijote y Sancho Panza, y al fondo se veían los molinos de viento. Fue una burla desdichada y poco eficaz (que más que daño le hizo bien) y se disipó en su propia ignorancia al querer escarnecer las figuras del Quijote y su incomparable escudero. Como si dieran un golpe de gracia, decían que “… es impresionante. Uno se impresiona más porque no vive las locuras diarias de el (sic) personaje”. Como ven, la baja calidad de la redacción en la burla, se convirtieron en aplausos a su víctima. En ese triste lance, uno de sus más allegados colaboradores le aconsejó: “para evitar estas cosas es mejor tener una tarjeta sencilla… etc. ¡Ja! Me parece ver a Cuchungo cuando, sentado ante su computadora, respondió a ese mensaje: “gracias por tu preocupación (…), pero NO HAY EL MENOR RIESGO DE QUE CAMBIE ESA TARJETA DE PRESENTACIÓN.
Lo felicité por la contestación que había preparado, de la que copio lo siguiente: “prefiero seguir siendo un peregrino de este mundo como Sancho en su burrito, con sus realidades de hambre, cansancio, enfermedad y muerte”.
Farewell, Cuchungo.