No utilizaré esta columna con la intención de pedir la cabeza de nadie ni mucho menos de levantar el dedo inquisidor contra nadie, sino para instarlos a aprender de este error.
Pienso que ya se le ha sacado el jugo al caso de los nadadores Edgar Crespo y Diego Castillo y la tragicomedia acuática.
Ayer se cerró el último acto, gracias a Dios, con un final feliz para Crespo, quien tiene su boleto, por segunda vez, a los Juegos Olímpicos, a sus 23 años.
De todo esto quedan varias enseñanzas para los atletas y directivos. Y es que no se puede decir estoy en los Juegos Olímpicos hasta tanto el dueño de la fiesta, el Comité Olímpico Internacional (COI), no lo confirme.
Todavía recuerdo cuando el presidente de la Federación Panameña de Natación, Carlos Castillo, anunciaba que ambos nadadores tenían sus marcas B para los Juegos Olímpicos de Londres, pero sin explicar que esto dependía de una invitación de la Federación Internacional de Natación (FINA) y que no había nada en blanco y negro.
Estoy seguro de que esta zozobra hizo tanto daño, como el bombardeo mediático de estas semanas.
No voy a pedir su renuncia ni mucho menos, señor Castillo, sino que esto lo debe hacer reflexionar para que la próxima vez entregue la información completa, para no dejar nada en el aire y no termine siendo atacado por algo que se pudo evitar.
A los atletas les deja una experiencia en sus carreras. Y es que siempre hay que mejorar.
El mismo Castillo, el fin de semana pasado, me aseguró que una falla fue que los atletas no mejoraron sus tiempos. Siendo este, según él, el único error lamentable en esta situación.
La desmejoría de los tiempos de ambos nadadores en sus pruebas fue muy evidente. Estoy seguro que uno de los dos atletas desapareció del “ranking” de la FINA, mientras que el otro bajó varios puestos.