No se puede andar por el mundo sin creer en nada o en nadie porque, justamente, el creer constituye el combustible que nos sirve para hacer andar la máquina de la vida.
Primero aprendemos a creer en otros. Creemos en nuestros padres, quienes nos sostienen en nuestros primeros años de vida hasta que aprendemos a valernos por nosotros mismos. Poco después, ellos se encargan de hacernos creer cosas. Creer en Dios, creer en nuestra familia, en nuestros talentos y en nuestras posibilidades.
Pasamos a otro estadio cuando nosotros mismos comenzamos a decidir en qué y en quiénes creer. En ese punto comienzan a primar el raciocinio, la experiencia y hasta los intereses que tengamos. Decidimos a dónde y con quién nos queremos congregar -si fuera el caso-, escogemos nuestra profesión, nuestros amigos, nuestra pareja, nuestros colaboradores y hasta nuestros vicios, sin darnos cuenta de que, en mayor o menor intensidad, comenzamos a creer en ellos.
Es decir, que la decisión de creer va muy ligada al acto de decidir, de escoger y de ello nadie se escapa. Pero el creer se vuelve peligroso cuando se trata de imposibles. Sí, porque existen imposibles, aunque nos quieran engañar eternamente con aquello de que nada es imposible. Hay abundantes ejemplos al respecto como el hecho de que el ser humano no puede volar o que naturalmente un hombre no puede parir un hijo.
Nadie nos puede privar de creer porque, como ya hemos señalado, desde que nacemos nos enseñan a eso, a creer. Pero no podemos creer en imposibles, en espejismos, en realidades virtuales o en verdades prefabricadas porque, precisamente, es en ese punto donde está el peligro.
La experiencia, la investigación, la lectura y el posterior análisis de los múltiples factores que hay inmersos en la dinámica de la vida nos deben llevar al convencimiento de que no se trata de creer por creer, tampoco se trata de que andemos por allí sin tabla de salvación, pero para creer hay que ver, hay que mantener los ojos abiertos, y administrar las expectativas, ya que en caso contrario los golpes dolerán más.
En alguna parte leímos hace poco que mientras más grande sean las expectativas que uno tenga, más grande será la decepción. Sencilla pero sabia reflexión. Yo creo en ella.