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Historias sobre tiranos y susmuertes

“(…) general, imagínese, las cosas y la gente no estamos hechas para durar toda la vida, pero él replicó que al contrario, que el mundo es eterno,


Mónica Miguel Franco (Antropóloga, actriz y escritora) / Antropóloga, actriz y escritora

“(…) general, imagínese, las cosas y la gente no estamos hechas para durar toda la vida, pero él replicó que al contrario, que el mundo es eterno, (…) creía de buen corazón que era posible repartir la felicidad y sobornar a la muerte (…) alteraba los tiempos del día, (…) cambiaba las fiestas de guardar”. Y decía que cuando “(…) yo me muera volverán los políticos a repartirse esta vaina como en los tiempos de los godos, ya lo verán, decía, se volverán a repartir todo entre los curas, los gringos y los ricos, y nada para los pobres, por supuesto (…)”. Esta historia no la cuento yo ¿eh? Esto lo dice García Márquez en ‘El otoño del patriarca’. Y cualquier parecido con la realidad es pura consecuencia.

La historia se desarrollaba en aquel país en un clima opresivo de rumores y presagios, de historias no del todo mentira pero tampoco totalmente falsas. El poder omnipresente, sin rostro, es mantenido a través del tiempo, como una maquinaria que sigue funcionando una vez puesta en marcha y que gira en torno al eje central que siempre permanece inmóvil y que nunca se inmuta. El poder, el verdadero poder solo muere cuando él mismo lo decide, nadie podrá matarlo.

Pero no sólo es García Márquez, en ‘Yo, el Supremo’ leemos sobre un hombre viejo, cansado, que se sabe finito pero que no quiere que nadie más sepa de su enfermedad, no quiere pensar en su muerte, no quiere nombrar sucesor, puesto que él no se ha elegido a sí mismo, sino que es el pueblo el que le ha entregado la soberanía: “Mi dinastía comienza y acaba en mi”. No se equivoquen, no estoy hablando de nadie real, esto es un comentario de texto.

Los tiranos latinoamericanos han dado pie para grandes obras maestras, ‘Tirano banderas’, ‘El recurso del método’, ‘Señor presidente’, y otros cuantos que nos retratan a nosotros y los retratan a ellos con precisión milimétrica. Los diseccionan con bisturí, sus miedos, sus deseos, el desarrollo de su vida y su muerte. Porque todos los tiranos mueren.

A pesar de todos sus esfuerzos, de sus enormes estatuas, de su verborrea incontenible y su cara mirándonos desde los libros de texto modificados a su mayor gloria, no se librarán de la muerte, y tampoco del olvido, puesto que, dentro de 2000 o 3000 años, de sus estatuas arrojadas al mar posiblemente solo se sepa decir que son “Retratos de un dictador”, tal y como nos cuenta Alejo Carpentier.

A pesar de todo, a pesar de luchar a brazo partido contra enemigos declarados y solapados, a pesar de luchar contra el pueblo, contra sus amigos y contra ellos mismos, a pesar de dejar de vivir para gobernar, nadie es eterno. La Muerte es el único enemigo contra el que nunca se puede luchar. Y siempre vence.

La literatura es la vida. Nada es nuevo bajo el sol y los escritores, los grandes escritores, retratan en sus obras aquello que la cercanía miope a nuestros hechos cotidianos no nos permite apreciar. Como en una novela, nadie sabe en el momento en el que estoy escribiendo esta columna si el presidente elegido democráticamente en nuestro vecino país está vivo o muerto, pero su poder se mantiene como esa maquinaria que una vez puesta en funcionamiento ya no se para.

P.S. Es curioso que no haya tenido que escribir casi nada para esta columna, ya la tenía escrita hace años en un ensayo que titulé “La figura del tirano en la literatura hispanoamericana a través de El Príncipe de Maquiavelo”. Curioso en verdad.


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857692
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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