El árbol nace y aunque nunca conoció la mano que lo plantara, no por eso dejó de nacer ni dejará de ser árbol. La rama de ese árbol crece y aunque no sabe para que, y nunca lo sabrá, crece. Jamás tendrá esa certeza solo cumple su destino. La flor germina sin saber nada de belleza ni de los perfumes que lleva encarnado en la entraña pero ejerce con fuerza y rigor el hábito de ser flor. De hecho, la flor no sabe su nombre. Esa hermosa fracción de lengua castellana de cuatro pétalos que dice tanto desde el silencio… El fruto viene de la flor pero también lo ignora. Se sabe suculento, bello, fragante, deseado mientras madura allá arriba en la rama, inalcanzable, seguro, inexpugnable. No sabe de esos colores con que le viste el verano que van del verde al rubor y del rubor al tornasol. El fruto es la corona, la joya única que desconoce la boca, que le ha de devorar, valorando por vez primera el gozo de su nacimiento. Un nido le nace a la rama. Prodigio de nube y viento. Milagro, revelación en la mañana en que reverberan las plumas y los trinos. Estas aves incendiadas de amarillo, rojo, azul también han salido de la semilla primera. ¿Cómo llegaría hasta allí?
La mano que plantó el mismo árbol por donde vienes subiendo es del hombre, es tu mano, pobre hombre: arma, herramienta, ternura si está abierta y vacía con sus huellas particulares, caricia si se desliza por una parcela de carne desnuda. Trascendencia si se decide a plantar la simiente verdadera.
Y ese hombre que nace, tampoco sabe para qué, pero sin crecer como el árbol se percibe mayor que su sombra; sin extender sus brazos piensa que da mas que la rama; sin sufrir los dolores de la flor para construir su beldad se piensa divino; sin madurar los atributos de la fruta, cuyo gesto primario es darse a los demás, está seguro, pues no hay duda en la arrogancia que es más; sin conocer el cielo, el horizonte, ni el don del vuelo, asume que va a domar las alturas, las distancias. Todo esto sin ser soporte, cobijo, alimento o sueño.
En lo que viene y en lo que nace hay que mirarse. Mirarse dos veces. La naturaleza predica con los ejemplos; habla en una lengua que debemos aprender.