Los meticulosos preparativos de Japón para contrarrestar la amenaza de los "hooligans" empezaron varios meses antes del gran torneo. Deseosos de causar gran impresión con su pericia para manejar situaciones de crisis, las autoridades japonesas se embarcaron en una campaña exhaustiva para garantizar que la Copa Mundial de la FIFA(tm) estuviera libre de violencia.
La policía hizo simulacro tras simulacro a todas horas, día y noche, y anunció medidas de seguridad desarrolladas específicamente para los "hooligans". Hooligans de otros países, por supuesto, porque para Japón, el lugar de procedencia de los hooligans era el extranjero.
En consecuencia, se informó a una ciudadanía nerviosa acerca de esposas de gran tamaño, para que pudieran encajar en las muñecas de incluso los alborotadores extranjeros más gigantescos, mientras que los oficiales de policía llevarían "tarjetas amarillas" para pedir en inglés a los hooligans que bajaran el ruido. Incluso se habían preparado "ferries" para transportar al gran número de alborotadores que, sin duda, tendría que arrestar la policía.
¿Quién podía culpar a la policía japonesa por su celo para garantizar la seguridad antes de que hubiera que lamentarlo? Aún así, incluso a los policías de Sapporo que más seguros se sentían debieron temblarles las rodillas ante la cercanía de su cita con el destino: el duelo de titanes, Inglaterra contra Argentina. El partido infernal de la máxima rivalidad.
La fuerza de policía salió en masa esa noche en Susukino, el principal área recreativa de Sapporo. Mientras ellos se preparaban, miles de seguidores ingleses inundaban la zona, ya borrachos de alegría. "¡England!, ¡England!", cantaban los hinchas desgañitándose, de forma pacífica, toda la tarde.
Mientras que fracasaban, incluso, los intentos esporádicos de los hinchas de sacar a los rivales de sus casillas. Cuando se inició en un bar el cántico provocativo de "¡England! ¡England!", los seguidores ingleses se quedaron asombrados al ver a japoneses que se encontraban alrededor cantando junto a ellos en señal de aprobación. Les llevó un tiempo darse cuenta de que David Beckham era más famoso y adorado en Japón que la mayoría de los jugadores de su propio país.
Aún así, mientras la policía lanzaba un suspiro colectivo de alivio, aparecía una nueva amenaza. Les llamó la atención que uno de los equipos que lo estaba haciendo inesperadamente bien tenía seguidores salvajemente apasionados, y que tras cada nuevo éxito de su selección enloquecían en público. No eran ingleses. Tampoco eran argentinos.