No puedo pensar en otra cosa. La verdad es que hoy me importa muy poco lo que haya pasado o no en Panamá. El desfile de las mil polleras, muy bonito, lleno de lujo y esplendor, o los entresijos, siempre obscuros, de la política del patio. Hoy me importa un carajo todo eso. Hoy no puedo sacar de mi mente la imagen de una hembra. De un cadáver. De unos ojos abiertos al mayor absurdo. De una pregunta que no tiene respuesta. Un silencio que se extiende sin pausa por mi conciencia. No he podido dejar de ver en mis párpados la imagen de esa hembra de rinoceronte en Vietnam. La última de su especie. Muerta. Asesinada para poder cortarle su cuerno.
Se acabó, se extinguió otra especie, ya no tenemos rinocerontes en Vietnam, ni pájaro dodo, quedan apenas un puñado de tigres, y montones de otras especies están en la cuerda floja. Mientras tanto los seres humanos, retorcidos, sucios, estúpidos e irracionales, prosperamos, nos comemos todo lo hermoso que queda en el mundo y nos regodeamos mientras leemos una y otra vez aquello de ‘creced y multiplicaros y dominad la tierra’. Con esa orden, dictada por algún tarado, nos dedicamos a matar a criaturas hermosas. Algunos afirman que el cuerno de rinoceronte salva vidas. Otros lo usan como afrodisiaco. O sea, ni siquiera para proteger a sus hijos o para comer, no. Matan para que a algún viejo verde se le pare tiesa para poder echar otro polvo más. Para no perder su hombría por el embrujo de unos polvitos limados de un cuerno. Pues que le aproveche señor, y que el orgasmo sea tan fuerte que se vaya para el otro lado con una sonrisa en los labios. Porque dentro de poco ya no va a haber más polvitos. Porque no habrá más rinocerontes a los que matar y cortarles el cuerno. Así que ojalá y su último revolcón le haya cundido. A usted y a todos los obtusos como usted. Y luego a seguir matando a tontas y a locas, y a seguir reproduciéndonos. Eso. Como las cucarachas.
Porque no somos más que un montón de paralíticos mentales que no podemos entender que cualquier bicho en esta tierra es mucho más valioso que nosotros, y que ni la Divina Comedia, ni Rimbaud, ni Byron, ni Homero pueden compararse hoy con la mirada en los ojos de esa belleza muerta.
Hoy no tengo talante para sonreír a nadie, hoy simplemente pienso que si mi supervivencia como individuo dependiera de la muerte de toda una especie yo misma me cortaría las venas. ¿Quién soy yo? Nadie, apenas un individuo en medio de más de seis mil millones. Y eso si hablamos de vida o muerte, imaginémonos lo que estoy pensando de aquellos que han condenado a una especie completa para poder demostrar su dudosa hombría. No pueden criticarme por desear poder tenerlos a todos, a cazadores y distribuidores, a los que venden y a los que compran delante, bien atados, con los ojos abiertos y yo tener unas tijeras de podar bien grandes en las manos.
Quizás la mirada de terror en sus caras me compensara por la mirada en los ojos muertos que me persigue desde hace días. Quizás. Pero no sé por qué, creo que lo dudo.
Hoy es el rinoceronte en Vietnam, pero podemos hablar de tortugas y sus huevos, por poner un ejemplo cercano, ¿hablamos? ¿Hablamos de los que los esquilman y de los que se los comen para mejorar su desempeño en la cama? Mejor no, ¿verdad?